Once upon a time…
Drawn from: Japan, Present world story, a random character related to $selectedTheme, anything you want. Told in Spanish.
Nos conocimos en un foro de senderismo y, sin grandes ceremonias, quedamos para un sábado nublado de finales de otoño. Éramos cinco: Kenji, programador de Saitama; Mari, enfermera nocturna con una mochila siempre impecable; Daisuke, profesor de historia que sabía poner nombres a los árboles; Yui, fotógrafa de bodas que se escapaba a los montes para recobrar aire; y yo, el más nuevo, con botas recién compradas. Decidimos subir al Monte Mitake, en el Parque Nacional Chichibu-Tama-Kai, a un par de horas de Tokio, pensando en hojas rojizas y ramen caliente al regreso.
El plan era sencillo: tomar el tren hasta Mitake, el autobús que serpentea hasta el funicular, y desde ahí el sendero hasta el santuario. Pero a mitad de la subida un anciano, sentado en una roca con una gorra de béisbol descolorida, nos detuvo con un “Sumimasen” y un gesto hacia sus botas. Tenía la suela desprendida, colgando como lengua cansada. No hablaba mucho inglés, pero Kenji, con su japonés impecable, interpretó: vivía en Kabe, quería llegar al santuario para rezar por su esposa recientemente fallecida, y había subestimado el camino.
Nos miramos sin pronunciar demasiadas palabras. Mari sacó cinta adhesiva de su botiquín, Yui ofreció sus cordones de repuesto. Daisuke, siempre atento, evaluó el terreno. Con una mezcla de remedios improvisados, conseguimos apañar la bota del hombre. Le pregunté su nombre; me dijo “Hasegawa”, y añadió, con una sonrisa tímida, que quién iba a pensar que la montaña, con tanto templo, prefería cobrarse tributos en suelas.
Continuamos en grupo, despacio. El sendero estrecho olía a madera húmeda. Por momentos el bosque se abría y el valle aparecía, el río Tama abajo como una cinta de plata. Daisuke nos contó la historia del Santuario Musashi-Mitake, dedicado a un espíritu protector de los perros, y Yui fotografiaba hojas de momiji que parecían arder sin quemar. Hasegawa, entre pausas, nos relató cómo su esposa coleccionaba amuletos de templos, uno por año, y cómo este otoño era el primero sin ella. Había decidido subir para dejar el último omamori, el de su bolsillo, en el altar.
A mitad de camino, el cielo descendió en forma de niebla, y el bosque adquirió esa acústica extraña donde las pisadas se oyen muy cerca y los pájaros, muy lejos. En la bifurcación hacia las rocas de Ayahiro-no-taki, una mujer y su hijo, turistas de Nagoya, dudaban frente al mapa. La madre sostenía un paraguas plegable como si fuese brújula. Kenji los orientó con una naturalidad que nos hizo sonreír: sin darnos cuenta, éramos ahora “los que sabían”. Los guiamos un tramo y luego seguimos ascendiendo, más conscientes del peso de nuestras mochilas, pero ligeros de ánimo.
En el santuario, el aire olía a incienso y madera antigua. Un monje barría hojas con paciencia de relojero. Hasegawa avanzó hasta el borde del patio, se inclinó profundamente y dejó el amuleto blanco con un cordón dorado junto a otros. Nadie habló. Sólo el sonido fragante del incienso y, a lo lejos, el viento contra las campanas de bronce. Cuando levantó la vista, nos agradeció con una reverencia que no supimos devolver a la altura. Yui, que suele capturarlo todo, guardó la cámara. Dijo que algunas imágenes no se toman con lentes.
Bajamos por un sendero diferente, el de los cedros altos, y nos sorprendió una lluvia menuda que convertía la tierra en arcilla. La bota de Hasegawa aguantó lo suficiente. Paramos en una casa de té con un noren azul en la entrada; pedimos zenzai caliente y té verde. La dueña nos contó que su madre había ido al santuario a los dieciséis y conoció a su futuro marido bajo la misma campana. “Las montañas guardan secretos,” dijo, sirviendo los cuencos con un gesto que abrigaba.
Al despedirnos en la estación, Hasegawa insistió en pagarnos la merienda. Kenji rechazó, pero él dejó discretamente unos yenes bajo un posavasos. Nos estrechó las manos, una a una, con una formalidad que sentí rara y necesaria. En el tren de regreso, con las ventanas empañadas, ninguno sacó el móvil. Mari dijo que había noches en que los pacientes confunden las horas, como si el tiempo fuese una cuerda floja. Pensé en los amuletos, en las suelas rotas, en el peso de las cosas que no se ven.
No fue una gran aventura: no rescatamos a nadie, no tocamos la cima más alta, no hubo titulares. Pero al día siguiente, cuando le di un paseo al perro del vecino y él, sin motivo, se detuvo frente a un poste como si escuchara campanas, pensé que eso fue exactamente lo que habíamos buscado: una montaña que nos pusiera, por un rato, en el lugar correcto del mundo. Y que nos recordara que avanzar, a veces, es acompañar.
Did it land?