Once upon a time…
Drawn from: Hell, Present world story, Trickster, Woman vs Old age Conflict. Told in Spanish.
Me llamo Dolores, aunque a estas alturas me dicen Loli porque los nombres largos cansan, y las articulaciones también. Tengo ochenta y seis años y aún mastico con todos mis dientes, que son míos, aunque se quejen; la dentista me dijo que eso era un milagro, y yo le contesté que los milagros siempre cobran factura. La mía empezó con una señora que llegó a la residencia con un crucifijo al cuello y el pelo demasiado prolijo para su edad. Bajó de un taxi como si pisara alfombra roja, con tacones finitos que no se hundían ni en la vereda rota, y luego la vi en el comedor, sonreírle a todas las cuidadoras como si fuera su primera comunión. “Me llamo Ofelia”, dijo. “Vengo de Sudáfrica.” En el patio alguien soltó que eso quedaba en el conurbano. Ella no corrigió. A mí me clavó los ojos y dijo, “Y usted debe ser Dolores.”
No me gustó que supiera mi nombre sin haber visto la lista de los cuartos. Después supe que cualquiera lo sabía porque mi hija pinta etiquetas para las puertas con cartulina fosforescente, “para que la abuela se ubique”. Me ubico sola; me pierdo por decisión, no por torpeza.
El caso es que Ofelia no tenía olor a viejo. No ese olor agrio existente en estos pasillos, un caldo de pañales, colonia barata y sopas recalentadas. Olía como cuando yo era chica y mi madre abría los cajones donde guardaba la ropa de invierno con bolsitas de lavanda. Lavanda y algo más, algo punzante, como a piedra caliente después de la lluvia.
La residencita se llama Jardines de Mayo, un nombre casi de mentira porque el patio tiene dos ficus peleados con el cableado y media terraza con macetas que ya nadie riega. Yo siempre me siento en la silla de hierro que da al sol de las tres, a calentar la espalda. Ese día fue igual. Ofelia vino y se sentó sin pedir permiso. Algunas viejas le tienen miedo al sol, yo no. El sol es un viejo más, sólo quema cuando lo olvidás. Me dijo que su cuarto era el 7, que había enviudado muy joven, que le quedaba un hijo “en el mundo” pero no le gustaba hablar de él. Me preguntó de mis manos. Yo tengo las manos que se me cayeron de tanta lavada de ropa, tanta olla. “Manos hermosas”, dijo, y me dio como pudor. Le conté que antes cosía para afuera, que hacía sábanas con iniciales bordadas en punto cadeneta, que las novias venían a probárselas a mi casa con una ilusión de plástico en los ojos, como si el hilo fuera a entregarles el futuro. Ofelia escuchó todo como quien compra un abrigo en cuotas. Cuando me cansé de hablar, me miró serio y preguntó: “¿Cuánto vendría costando una mujer que no quiere envejecer?”
No supe si estaba jugando. “Más que el pan”, respondí. Ella se rió, blandita. Luego se sacó el crucifijo. Lo colgó del brazo de la silla y me dijo que el metal a veces pesa por anticipado. Tenía una cicatriz en el cuello, una línea gris que se perdía debajo de la blusa. No me animé a preguntarle. A mi edad, las cicatrices son mapas que uno no termina de recorrer a tiempo.
La primera semana la atención fue para ella. En una residencita lo nuevo se come al viejo, y no lo digo por gente sino por conversación. Ofelia traía historias raras. Que había visto albergues con puertas sin manijas que se abrían con susurros. Que había viajado a “sitios de calor” para trabajar cuidando jardines. “Jardines en lugares secos, muy secos, donde la gente tenía sed de otras cosas”, dijo. A mí me dio risa porque acá los jardines son las mesas y la sed es de televisión fuerte.
No me voy a extender con la gente que vive aquí. Está Estela, que aún piensa que su marido vuelve a las seis con el diario. Está la señora Berta, que colecciona botones en un frasco y dice que cada uno es un hijo; cuando tiembla el frasco, tiembla toda. Porque la mitad de la residencia son hijos en frascos. Yo misma tengo una hija que no está en frasco, sino en Varela; viene cada domingo y me trae medialunas. Le perdono el auto automático y la cara de pena cuando me ve. Lo que no perdono son los domingos en que no viene, porque el pan fresco tiene la costumbre de recordar.
Al mes de llegar, Ofelia se ofreció para leerles a las otras. Traía un libro sin título en el lomo. Leía historias cortas con nombres largos: “La mujer que no cedió en el umbral”, “El estadío de la sal”. Todas cosas que parecen pretensión. A mí no me gustaba su lectura. No por cómo leía, sino por cómo escuchaban las otras. Como si el sonido del papel las mantuviera en pie. Esa dependencia me ofende. Había tardes en que el timbre de las cuatro (la merienda) sonaba y nadie se movía, ni la enfermera. Una vez, Ofelia dijo que se le había hecho tarde y propuso seguir más tarde, después de la cena, en la capilla. Yo me persigné con la mano dentro del bolsillo. En la capilla sólo rezan las sombras.
Una noche de esas bajé a buscar agua. La cocina huele siempre a sopa de sobre y a papel film. Pasé por la capilla y vi luz. Adentro estaban Ofelia y cuatro ancianas en camisón. No estaban rezando. Estaban de pie, quietas, con una vela cada una. Ofelia decía algo en un idioma que no era de algún lado que yo conozca. Tenía las manos alzadas y el crucifijo bajo el pie, como si fuera un insecto. Me iba a ir, pero ella, sin dar vuelta, dijo: “Pase, Dolores. Aquí nadie se queda afuera.” Me quedé en el umbral. Mis piernas no obedecen cuando la curiosidad pesa.
No sé qué esperaba ver, no eso. No había golpes de teatro. No explotó nada. No hubo sombras corriendo por las paredes. Lo que hubo fue un calor seco, un aliento de horno que salía del suelo. Y el suelo... el suelo parecía latir en celo. Yo iba a decir algo cuando la anciana de la cama 12 (no sé su nombre real, ya les dije que aquí los nombres largos cansan), se desmayó. Ofelia la atrapó con una facilidad inverosímil para su tamaño. La sostuvo como si la arena se queda en la palma cuando una juega a guardarla. “Es normal”, dijo. “Hay puertas que pesan más.”
Esa noche no dormí. Me quedé sentada en la cama mirando mis medias con agujeros arreglados, pensando en puertas. Yo he pasado muchas: la del casamiento, la del hospital cuando murió mi marido, la del juzgado cuando a mi hijo lo soltaron por falta de mérito, la de esta residencia con flores pintadas. Todas puertas de madera o vidrio con grasa de mano. Hay puertas que no se ven y se abren por voces. Me acordé de cuando era chica y mi abuela decía que no se silba de noche porque las almas se pierden en los pliegues del techo. Yo no creía, pero no silbaba. Uno puede no creer y sin embargo obedecer. Eso es la supervivencia, supongo.
A la semana siguiente empezaron a pasar cosas mínimas. A Berta se le vació el frasco de botones sin que nadie lo moviera. Estaban todos en el suelo como un charco seco. Ella lloró con un silencio tan profundo que se escuchaban los ascensores de todos los hospitales del país bajando a morgue. Estela me dijo que ya no esperaba a su marido a las seis. Que ahora lo esperaba a las seis y diez, “porque el tiempo en algunas casas corre distinto”. Yo me reí, pero a las seis y diez, cuando miré por la ventana, vi una calle que no era la nuestra. Vi un empedrado con faroles altos como los de las películas de islandeses, y en la vereda un perro sin pelo que me miraba con ojos de abuelo. Parpadeé y volvió a ser la avenida trunca de siempre, con su kiosco de diarios cerrando temprano.
No estoy loca. Me hicieron pruebas cuando entré. Me pidieron que dibujara un reloj y que ponga las agujas en las once y diez. Lo dibujé bien, y las agujas llegaron antes que yo. Si digo lo que vi, es porque alguien me empujó a mirar. Fue Ofelia quien empezó a sentarse conmigo a la siesta. Traía un termo de té que sabía a metal dulce. “Usted sabe bordar iniciales”, me dijo cierto día. “Y yo sé descoser caminos. Si le propongo un trato, ¿me va a tratar como a una loca?”
“No trato a nadie como a loca porque sé que no tengo el título para entender”, le contesté. Me reí. Ella no. “Quiero enseñarle a ganar tiempo”, dijo. “No vivirlo de nuevo, no estirarlo como un elástico viejo. Quiero enseñarle a ganarlo. Hay lugares donde el tiempo se acumula como arena en los bolsillos.” La miré a los ojos para ver si se me escapaba la broma. No había broma. “¿Cuánto cuesta?”, pregunté. “No soy rica, pero tampoco soy tonta.”
“Cuesta quedarse,” dijo. “Cuesta no volver a sentarse en el sillón arreglado de los domingos. Cuesta saber que el nombre de la calle cambia y ya no viene tu hija con medialunas. Cuesta aceptar que todo lo que duele ahora dolerá menos, pero dolerá siempre.”
Yo pensé en mi nuera, que no existe porque mi hijo se fue antes de inventarla. Pensé en la sopa, en la tele alta, en los dedos de mi nieta que aprietan el celular como si el mundo estuviera ahí, encerrado en vidrio. Pensé en mis manos. Afuera, el cielo se llenó de nubes que parecían lana vieja. “¿Dónde es ese lugar?”, pregunté, ya sabiendo la respuesta porque, a mi edad, el miedo y la atracción ladran en coro.
“En el subsuelo,” dijo Ofelia. “Debajo de lo que arde en todas partes.”
Ustedes dirán: Hell. Pero acá no usamos esa palabra. Ni siquiera usamos “Infierno” como lugar. El infierno es una metáfora en el noticiero: el infierno del tránsito, el infierno de calor. Yo estaba pensando en calores, y de pronto fue calor de verdad. Ofelia me llevó a la capilla otra vez, pero no de noche, sino un jueves al mediodía, cuando la mayoría duerme o finge, y las cuidadoras almuerzan turno por turno. La capilla tiene un crucifijo colgado de la pared y una virgen con flores de plástico. Ella movió la virgen y abajo había una baldosa floja. Por ganas de barrer, ya la hubieran descubierto. Pero acá nadie barre donde debe. Levantó la baldosa. Debajo no había tierra, ni cemento, sino escalones. Escalones perfectos, como de casa cara, ladeados para abajo. El aire era como el que sube de los subtes, ese que trae hueso de ciudad y perfume de jornales.
“¿Qué es esto?”, dije, sabiendo que no iba a obtener respuesta en idioma de radio. Ofelia me hizo una seña que significaba: si no bajás no te muestro. Bajé. Los escalones no crujían. Hacía calor, un calor que se metía entre la ropa como dedos. Sentí el corazón patearme el pecho con recuerdos, no con sangre. A mitad de camino, el techo se abrió en un pasillo con paredes lisas. Había una luz que no venía de lámpara. Ofelia me apoyó la mano en la espalda. Arde, pensé, pero era su mano. Ella lleva calor propio.
El pasillo daba a un lugar grande como una estación de tren abandonada. El suelo era negro, suave. Había bancos de piedra y gente. Gente vieja, gente joven, niños. Nadie caminaba apurado, pero todos iban en alguna dirección. Y el aire... el aire tenía esa cualidad que sólo se siente en verano de siesta cuando una ciudad entera decide dormir: se escuchaba el movimiento de la sangre de los demás. Y me llamó la atención que nadie se quejaba. Aquí arriba las quejas son un viento continuo, un aparato con mal contacto. Allí, el silencio tenía dignidad.
Me costó entender que eso era Hell. Porque yo no vi llamas, ni demonios de plástico. Vi un montón de gente que había decidido quedarse franca. Vi talleres: uno donde una mujer peinaba pelo de otras que lloraban sin lágrimas. Otro donde un hombre marcaba madera y la madera devolvía calor como si fuera pan recién hecho. Vi un puesto con vasos de agua que nadie tomaba, pero los tocaban con los dedos, como para acordarse que existía la idea. Vi un río lento del que salía vapor. Y vi muchos, muchos espejos sin cristal, marcos vacíos donde la gente se asomaba y decía nombres. Había nombres que eran como golpes, y otros eran como gasas. Ofelia me llevó a un espejo. “Diga un nombre de los suyos”, me pidió. Dije el de mi madre. El marco se calentó y olí pan con grasa, como ella hacía. No lloré. A mi edad se llora poco; se despilfarra menos.
Ofelia me explicó que Hell está en los bajos, en los recodos de todo edificio con pretensión. Que hay entradas por capillas, por lavaderos, por salas de espera de geriátricos, por ascensores con botón rojo. Que no todos lo ven, que uno lo reconoce cuando ya está de vuelta de todas las filas del mundo. “Aquí se trabaja el tiempo”, dijo. “Lo amasamos y lo guardamos en esferas que nadie compra.”
“¿Y para qué?”, pregunté.
“Para quienes ya no quieren parecer un cuerpo”, dijo, sin ironía. Me asomó a otro espejo. Vi mi cara de un alargue distinto. Vi a la chica que fui cuando corría a la fábrica para fichar y me escondía atrás del galpón a leer novelas que conseguía prestadas. Vi a la mujer que dije que no cuando un vecino vino borracho a pedirle azúcar a las dos de la mañana, y le cerré la puerta con un “no” que aún me late en las muñecas. Vi a la vieja en la que me convertí y a la que yo misma le tengo asco por las noches cuando mi piel cruje. “La mujer contra la edad”, pensé, como un titular. Un titular de diario, de esos que mi padre leía en voz alta: “Loca se pelea en plena Plaza con sombra de un árbol.” La vida entera fue yo contra el ajetreo de que me digan vieja antes de tiempo. A los treinta, la vecina me decía señora. A los cuarenta, mis hijos no me consultaban las cosas. A los cincuenta, mi jefe me pidió que le enseñe a la nueva “cómo se hacían las cosas antes”. A los sesenta, mi marido se fue y me dijo, “te dejo porque ya estás cansada para discutir”. A los setenta me trajeron a la residencia con un bolso que ni elegí. Y ahora, a los ochenta y seis, una mujer con olor a lavanda me ofrecía no envejecer más, así, con un pasaje en la mano que no tenía asientos.
Apareció un hombre con mangas arremangadas y uñas limpias. Me saludó como si me hubiera visto en una lista. “Doña Dolores”, dijo, “la esperaba”. Me pregunté quién manda un telegrama hasta acá. “No me esperaba nadie desde que nació mi hija”, contesté yo. Él se rió. “Acá no esperamos para retener. Esperamos para soltar. Si decide quedarse, se queda con lo que no le pesa. Si decide subir, sube con lo que lleva ahora, que ya es bastante.” Le di las gracias por la honestidad. Uno aprende a valorar las conversaciones que no venden enciclopedias.
Recorrí el lugar. Hay un sitio donde cuelgan relojes sin cuerda. Cada reloj marca una hora de alguien que ya decidió. Por ejemplo, vi un reloj clavado en las tres y cuarto. “Es de una mujer que se quedó en la hora en que su hijo le dijo que se iba a Córdoba por tres meses y no volvió más. No quiere saber el resto”, me explicó Ofelia. Vi uno en las nueve y cincuenta y nueve, y supe sin que me cuenten que era el de alguien que no quería ver la muerte redondear. También hay bancos para dormir pero nadie duerme; descansan con los ojos abiertos, como aprenden los gatos viejos.
“¿Y la vieja del siete que te sigue a todos lados?”, dije. Ofelia se rió. “Yo soy la del siete, Loli.” Se me mezclan las cifras. “Quise decir, la del doce, la desmayada.” Ofelia se encogió de hombros. “Volvió a subir. No todos sirven para el calor. Hay quienes necesitan el frío de las sábanas, la rutina, el ruidito del noticiero. Y cuidado, no hablo mal. La costumbre también salva vidas.” Asentí. En mi vida, el hábito me sostuvo más que la fe.
Me ofrecieron un vaso de agua. Lo toqué, estaba frío. Me pregunté de dónde sacaban el agua. Ofelia me dijo: “De todas las casas”. Comprendí: Hell es acumulador. Chupa el calor de discusiones, la temperatura de un plato sobre la mesa al que nadie llegó a tiempo, la humedad de abrigos que no se cerraron. Lo usa para mantener su clima. Es un sistema ecológico de dolores cotidianos. Me dieron ganas de reírme y de dormirme. “¿Y qué tendría yo que hacer aquí?”, pregunté.
“Lo de siempre”, dijo Ofelia. “Manos. Las tuyas. Sabés deshacer nudos. Acá hay muchos. Atan palabras a gargantas. Nudos finitos. Casi imperceptibles. Vos los ves. Vos los abrís.” Y me mostró una sala donde entraban y salían mujeres de todas edades que llevaban atados alrededor del cuello hilos invisibles. Yo cerré los ojos y con los dedos hice el gesto. Era como bordar en el aire. Sentí que al apretar un poco, se aflojaban. En la historia familiar de las personas hay nudos que nadie quiere o sabe tocar. Tal vez, me dije, mi utilidad iba por ese lado. Un sentido al desgaste. A la, cómo se llamaba... resiliencia. Palabra moderna con olor a goma.
Volví a subir. Tenía que subir. No porque no me gustara Hell. Me gustó, de hecho. No porque me diera miedo. Me dio respeto. Subí porque el viernes venía mi hija con su nieta nueva, que todavía tiene el cuello blando y las manos de renacuajo. Y hay cosas que una quiere decir mirando la cara de los suyos, aunque ellos no entiendan. Quise probar lo de los nudos en el mundo. No sirve ensayar en caliente. Hay que poner las manos en el agua fría para sentir la costura.
Los días siguientes, el aire de la residencia me pareció más pesado. Las novelas gritaban más alto, las enfermeras tenían menos tiempo. Yo esté o no deprimida, los médicos me recetan vitaminas. Pero yo tenía otra cosa que hacer. Me pasé tardes desatando nudos. A Berta le desaté el que tenía cuando decía “hijos” y apretaba el frasco. A Estela el que le hacía mirar el reloj siempre a las seis. A Mario, el único varón lúcido del piso, el que le apretaba la lengua cuando quería contar de su guerra en el sur y le salía una lista de supermercados. Funciona, creí. O quizás ellos decidieron y yo sólo acompañé. Es lo mismo. La ayuda es siempre un título generoso.
Ofelia seguía yendo y viniendo. A veces pasaba días sin aparecer. Una mañana me la crucé con una valija. “Me voy a trabajar abajo”, dijo. “¿Y cuándo volvés?”, pregunté. “A veces uno sube en sueños”, me dijo. “Déle un beso a su nieta. No se olvide del cuello.” Bajó por la capilla y yo me quedé con ganas de pedirle algo que no aprendí a pedir: que no me deje sola con mi edad.
El domingo vinieron con medialunas, y mi nieta nueva me agarró el dedo. Tiene fuerza, los bebés son la propaganda del mundo. Le desaté un nudito por puro ejercicio, pero sólo encontré piel. Me reí. Mi hija me habló de la obra en la casa, que “quedó cara, mamá, pero por fin tenemos termotanque nuevo”. Y yo pensé en los termotanques de Hell, si existirían, si alguien se bañaría. Pensé que mi hija está en su propio infierno, ese donde las cosas cuestan y cuesta decir cuánto cuestan. La miré con amor, como no me enseñaron lo suficiente. Me pareció que estaba más vieja que yo. Me fui a dormir sin decirle lo de abajo. No porque no confiara, sino porque no es algo que se dice. Si lo contara, ella me llevaría a un médico con anteojos y me tendrían paciencia o no. Prefiero tenerme paciencia yo, que me conozco las mañas.
El cuerpo, mientras tanto, hacía su trabajo de todos los días: fallar. La rodilla derecha empezó a negar escaleras. La memoria a veces jugaba con los nombres de los peces: le decía bacalao a la enfermera y me salía crema de manos en vez de pasta de dientes. Le pedí a Ofelia en mi cabeza que me trajera un pedacito de los bancos de piedra. Pero hay cosas que no se traen. Fui bajando menos. Veía el agujero en la capilla, pero el primer escalón me parecía cada vez más lejos, como esos charcos que una quiere pisar de nena y no alcanza. Me enojé. Y aquí viene la pelea verdadera: no con el diablo, no con mi hija, sino conmigo y con los años que me quedaban encima como perros.
No crean que no dudé. Estuve a punto de bajar una noche sin decirle a nadie y quedarme. “Se queda allá para siempre,” dirían. “Se fue sin despedirse.” Pero me dio bronca la idea de que dijeran “para siempre”. Esa frase es de pobres de tiempo. Yo había visto cómo era el abajo, no hay para siempres. Hay constancias y hay calor. Suben y bajan. Quedarse o irse es una elección que se toma todos los días, aunque no haya escalera. Yo supe que me iba a quedar arriba hasta que el cuerpo me eche. Después, si aún quiero, recuerdo el escalón y ya.
Una tarde, la enfermera que siempre hace caras cuando tiene que limpiar vómitos entró a mi cuarto y se sentó en mi cama. Me dijo que su madre vivía en Formosa, que la extrañaba. Que le dolía el pecho a veces. Me pidió si le rezaba. Yo no rezaba hacía años, pero hice un hilo con los dedos. Le desaté un nudo. Lloró con lágrimas. Se le corrió el delineador. Uno no elige a quién ayuda. Esa noche soñé que estaba en el salón de los relojes y que uno con mi nombre estaba quieto. Marcaba las cuatro y dos. Me desperté a las cuatro y dos, miré el reloj, y me reí. Hell se mete en los pliegues del sueño y me deja caramelos.
A los dos meses de la llegada de Ofelia, murió la señora de la cama 12. No porque se hubiera desmayado. Le falló el corazón por orden médica. La velaron en la capilla. Yo fui. Pusieron la virgen otra vez en su sitio. La enfermera joven rezó. Ofelia no había vuelto en días. Yo me paré al lado del cajón y sentí el calor del escalón, ahí, debajo del mármol. Puse la mano. Estaba tibio. Dije un nombre en silencio: el mío. No para convocarme, sino para medirme.
Vinieron los hijos de la señora. Vinieron y pelearon por papeles. El mundo es buen imitador. Luego, nos dieron alfajorcitos. Esta vida y la otra están hechas con la misma harina, sólo cambian los hornos.
Un jueves Ofelia reapareció, con el look intacto, con el pelo en su lugar, con los tacones que no se hunden. Me dijo “Loli” con cariño de hermana. “Necesito pedirle algo”, me dijo. “Hay una mujer abajo con las manos cerradas. No las puede abrir y no quiere abrirlas. Se le está cargando el calor en la palma. Si no se lo sacamos, no falta tanto para que le queme hasta el codo.” Le pregunté por qué yo. “Porque usted sabe decir no”, dijo. “Se lo dijo al vecino, se lo dijo al patrón, se lo dijo a su marido. No mucha gente sabe decir no con las manos.” Bajamos. Yo ese día pude con los escalones. Hay días de sol interno.
La mujer estaba sentada en un banco. Tendría mi edad, o todas. Tenía las manos cerradas como quien tiene un pájaro y no quiere que se escape. Le hablé como una habla en los velorios: con cuidado de no romper lo que ya está roto. Le dije que si abría un poco los dedos se le iba a enfriar el dolor. Que nada se le escapaba si era suyo. Que los pájaros no viven en puños. Ella lloraba sin ruido. Abrí su mano con mis dedos y adentro no había nada. Me miró como si le hubiera robado un hijo. “Era el tiempo de mi hija de niña”, me dijo. “Lo junté durante años. ¿Dónde está?”
Yo no sé dónde van las cosas cuando dejan de ser agarradas. Le dije la verdad: “Se mezcló con el tiempo de otras. No se pierde. Cambia de forma. Lo vas a ver en otra cara, en una vecina, en un perro.” Me miró con odio y después con alivio. Abrió la otra mano sola. Se le enfriaron los dedos. Se quedó sentada nada, sin pájaros. Me fui con la sensación de haberle quitado algo y devuelto otra cosa. No hay contabilidad en esto.
Ofelia me abrazó. Oler a lavanda no siempre es cursi. Me dijo que me quería allí. Yo le dije que me quedaba un rato más arriba. Le hablé de mi hija, de la nieta. “Quiero que me vean vieja sin miedo”, dije. “Eso también es un trabajo.”
En Jardines de Mayo siguieron pasando cosas pequeñas. Mario por fin pudo contar la historia de cuando un viento en el sur lo dejó sin techo. Berta vació el frasco y lo llenó de botones nuevos que compró en la mercería de la esquina, aunque no tenga plata. Estela cambió la hora de su espera a cualquier hora, lo cual es lo más sano que alguien puede hacer. La enfermera joven dejó a su novio, el de las manos apretadas, y se fue a Formosa a ver a su mamá. Me trajo chipá. Yo sigo subiendo y bajando en recuerdos.
Una tarde, el director de la residencia vino con una periodista. Querían hacer una nota, “porque somos una institución modelo”. Me preguntaron mi nombre completo y mi edad y si me gustaba vivir allí. Les dije lo que dicen las viejas en la tele cuando les ponen un micrófono: que sí, que estoy contenta, que estoy bien cuidada. “¿Cuál es su secreto para la longevidad, doña Dolores?”, preguntó la periodista. Le dije que mi secreto era tener bien puestos los noes. Me miró como si hablara de dieta. No entendió. Yo tampoco le expliqué.
El infierno del que les hablo no va a salir en el diario. No hay forma de que quepa en una columna. Tampoco quiero convencer a nadie. A nadie le conviene una vieja que dice que baja escaleras por debajo de una virgen de plástico. Lo que sí puedo contarles, como quien deja una receta en la mesa de la cocina para quien quiera agarrarla, es que hay lugares donde una mujer puede pelearle a la edad sin hacerse la joven. No es tinte ni gimnasia. Es calor y aceptación. Es ayudar a otros a soltar y a atarse donde corresponde. Es decir no cuando el cuerpo pide sí por desesperación. Es decir sí cuando todas las reglas dicen que no.
No sé cuánto me queda. No me interesa la cifra. El otro día, en Hell, vi un reloj con mis iniciales. Sonó sin sonido. Marcaba las cinco menos veinte. Yo siempre fui de llegar temprano a los trabajos. Me causó gracia que aún abajo, mi seriedad de obrera se mantenga. Le conté a Ofelia. Me dijo que el tiempo allá se entiende distinto. “Cuando suene, si suena, vamos a estar al lado. Y si no, también. La vida es el pasillo, Loli.”
Les diría que la historia tiene un final, pero no sería real. Lo real no cierra bien. Lo real se deshilacha, y una lo cose como puede. Hoy hice sopa de letras con la cocinera y me salió una palabra en el plato: calor. Le saqué una foto con el celular que me dejó mi nieta. No salió. Las palabras calientes no se dejan fotografiar. Me la comí. Me quemé la lengua. Me gustó. Mañana, si no llueve, me siento al sol de las tres con la espalda contra el respaldo. A esa hora las sombras se portan. Si se da, bajo por la capilla a ver si hay alguien con las manos cerradas. Si no, debajo de las sábanas desato nudos propios: uno que tengo en la rodilla que me tira cuando sueño que corro, otro que tengo en el cuello donde nunca llevé crucifijo. No extraño la fe. Me alcanza con la lavanda en el aire, con la piedra caliente después de la lluvia, con los bancos sin almohadón. Me alcanza con saber que hay un lugar donde la vejez no es un insulto, ni una fotografía que se amarillea. Sino una mujer que baja despacio, con los tacones que no se hunden y las manos que no tiemblan, a ver de cerca lo que arde y, de paso, plancharle una arruga al tiempo.
Did it land?