Heaven, hell and sacred lands

Once upon a time…

Drawn from: Tower of Babel, Present world story, Guardian, something suitable with period. Told in Spanish.

Nosotros sabíamos que la torre no era una torre. No como las de nuestros días: ni de hormigón ni de acero, ni con ascensores, tornillos o arquitectos con maquetas. La nuestra era una herida en la tierra, un talud de ladrillos que subía como un canto interminable, retrocediendo terrazas hacia el cielo. Los viejos la llamaban Etemenanki, la casa-fundamento del cielo y de la tierra, y aunque muchos juraban que no quedaba más que polvo y piedras en un llano sin sombra, a nosotros nos habían llegado historias más tercas que la arena. Y en la estación de lluvias, cuando el Éufrates se alzaba y las chozas de caña exhalaban olor a humedad y cebolla, decidimos ver con nuestros propios ojos lo que la ciudad de Babilón custodiaba bajo sus velos.

Éramos cinco. O eso creíamos cuando partimos. Yo, que escribo en una tablilla húmeda con estilete de hueso, hijo de un barquero caldeo; Naram, comerciante de telas que juraba saber regatear con los dioses; Adah, curandera que llevaba amuletos y un cuchillo de sílex; Bel-ittannu, un joven de ojos demasiado claros que decía haber aprendido a leer los vientos; y Kushi, el único que sabía cantar en la lengua antigua sin que se le quebrara la voz.

Nos unió un rumor: que uno de los guardianes del templo de Marduk, apretado por deudas, vendía acceso nocturno a la primera terraza de la torre por unas monedas y un juramento de silencio. No era un secreto que los trabajos de reconstrucción iniciados por el rey —ese al que llaman Nabû-kudurri-uṣur, grande en campañas y en ladrillos— habían dejado al descubierto túneles y cámaras selladas con inscripciones que ni los escribas del palacio se atrevían a copiar. Y en el mercado de Ishtar, entre el olor a resina y a pez, un anciano lidio nos habló de un corredor bajo el ziguratt donde las voces se enroscaban en las paredes como serpientes, haciéndote creer que eras dos o tres personas avanzando al mismo tiempo. Nos tentó esa obstinada curiosidad —la que arruina y a veces salva—, y la promesa de ver de cerca lo que todos repetían desde niños: que los hombres quisieron tocar el cielo y el cielo les respondió con lenguas partidas.

Llegamos cuando el sol vomitaba rojo en el borde de los bastiones de ladrillo, y el Galope de la Puerta de Ishtar hacía parecer que la ciudad misma tenía lomo. Los toros y leones esmaltados resplandecían como si en sus vientres se escondieran lámparas, y nosotros pasamos entre caravanas de arameos, fenicios con púrpura en las uñas, y campesinos que traían dátiles en canastos. El palacio olía a trigo tostado; las calles secundarias, a estiércol y leche agria. Naram hizo una reverencia que no correspondía a nadie en particular: su modo de pedir permiso a las piedras ajenas.

El guardián nos esperaba en una esquina donde el viento no tocaba. Se llamaba Sîn-muballit y le faltaban dos dedos de la mano derecha. "Pago por adelantado", dijo, y el sonido de sus palabras se quebró en la pared detrás como si alguien las repitiera. Kushi contuvo la respiración, y yo noté cómo Bel-ittannu se apretaba la túnica en el pecho, como si bajo la tela guardara un pájaro vivo.

No era difícil entrar si uno sabía por dónde no mirar. La noche nos escondió y el guardián nos condujo por un pasillo donde el barro seco tenía huellas de muchos, y las luciérnagas parecían una constelación a ras de suelo. Pasamos junto a una estancia abierta donde un escriba solitario seguía haciendo marcas sobre arcilla con una paciencia más grande que la de cualquier rey. Adah, a mi lado, murmuró que las letras tranquilizan a los que tienen miedo, y Sîn-muballit escupió al suelo. "Las letras sacuden la lengua a quien no la controla", dijo. "Miren la torre."

La vimos. Se elevaba con una calma que imponía, terraza tras terraza, cada una un jardín de ladrillo, cada rededor un horizonte de escalones. El aire, más frío cuanto más cerca estábamos, llevaba el polvo como una música. Las lámparas en las esquinas ardían con aceite amargo. Y sí, el rumor era cierto: desde los pasillos que abrazaban la base llegaba un sonido de susurros superpuestos, murallas hablando en sueños.

"Es el rezo de la ciudad", dijo Bel-ittannu con una convicción que no le conocíamos. "Sube y baja, se diluye y vuelve, como las carpas de los pescadores cuando el río aprieta." Sîn-muballit nos condujo hasta una escalera lateral. "Llegan a la segunda terraza y ni un peldaño más", advirtió. "Si suben más, no serán los guardias los que los detengan. Será su propia lengua."

No creímos en maldiciones, pero sí en pasillos mal aireados y en ladrillos sueltos. Subimos. En cada descanso se percibían inscripciones recientes, promesas de reyes atadas a nombres de dioses, mezcladas con ladrillos antiguos, aquellos con marcas de uñas de los que los habían moldeado hacía siglos, cuando el horizonte aún no se había cansado de esperar la lluvia. Toqué uno y se deshizo entre mis dedos como pan viejo.

En la segunda terraza, Sîn-muballit nos dejó. Terreno de nadie: un rectángulo inmenso donde el viento hacía remolinos con el polvo y las estrellas parecían haber bajado un escalón para examinarnos. Había huecos, trampas, grietas donde se perdían las pisadas. Adah me tomó la mano con una fuerza que me sacó del sueño que empezaba a caerme sobre los párpados. "No es de dormir, es de hablar", dijo. "¿No oyes?"

Oí. Al principio pensé que era el río duplicando las voces del mercado. Pero no. Era otra cosa. Era el murmullo de historias que no se habían contado aún, o que se habían contado tantas veces que se habían ido puliendo como piedras de cauce. La lengua antigua, esa que Kushi decía que recordaba de la voz de su abuela, se mezclaba con las palabras nuevas, y en ese ensamble aparecía un cantares de obra: órdenes de maestros de ladrillo, plegarias a Marduk, regaños de madres a niños con los pies sucios, el consuelo de una mujer a un hombre que volvía sin botín.

"Es el eco que hicieron los que subieron y bajaron", dijo Kushi, como si recitara algo que traía preparado. "El ladrillo lo guarda todo. Lo que se dice aquí se queda aquí en capas, como los juncos en el barro cuando el río crece. Por eso a veces uno se confunde y cree estar hablando dentro de otra boca. Y por eso se pelearon." Naram rió sin regocijo. "Eso dicen los fariseos. Que un día Dios se hartó de las personas que subían y les mezcló las lenguas para que dejaran de levantar ladrillos. Cuento de viajeros."

"¿Y si fue la torre la que se hartó de ser pared?", preguntó Adah. "¿Y si lo que se confunde no es la lengua, sino la garganta?"

Nos sentamos cerca de una cisterna seca. Bel-ittannu encendió una pequeña lámpara, y su luz nos dibujó con el gesto viejo de quienes cuentan historias. Sîn-muballit nos había dicho que no más de una hora, que la luna en ese punto, que si la luna se movía una mano hacia el oeste, había que irse. Nadie miró la luna. Mirábamos la piel de la torre, como si en cualquier momento fuera a pestañear.

Naram, que no podía con su deseo de negociar, propuso una apuesta: cada uno contaría lo que había venido a buscar. El que mintiera sería delatado por su propia voz, pues la torre —según él— devolvía las mentiras como tos. Adah le arrojó una semilla de sésamo a la frente. "Habla, mercader", dijo.

Él habló primero, en arameo mezclado con palabras acadias que usaba para impresionar: buscaba una historia que comprar y vender. Algo que, dicho al oído de los señores de Borsippa o de los comerciantes de Tiro, les hiciera abrir sus bolsas tanto como sus bocas. "Estoy cansado de vender telas a quienes no saben tocarlas", dijo. "Quiero venderles una historia que los envuelva aunque no quieran."

Adah dijo que buscaba un nombre. Uno que se le había olvidado en el parto de su primer hijo, cuando temió perder la vida y se aferró a la cuerda de su casa mientras el río amenazaba con llevarse la choza. "Desde entonces lo sueño", dijo, "una palabra con gusto a metal frío y cebada, una palabra que cuando la diga en voz alta le baje la fiebre a los niños y le cierre el paso a las sombras. Me dijeron que aquí las palabras no olvidan, que a veces recuperan a los que se separaron de ellas."

Bel-ittannu, después de un silencio breve, confesó que quería oír la voz de su padre. No la voz real, que recordaba fuerte y áspera como cuero seco, sino la forma exacta en que lo llamaba cuando la noche era demasiado grande. "Es una forma que nadie imita", dijo. "Y yo la necesito porque me he vuelto un extraño incluso en mis adentros. Si la oigo, sabré qué camino toma mi sombra cuando me adelanto en la calle."

Yo, que siempre pensé que no deseaba nada más que ver, dije que quería escribir el sonido de la torre. No traducirlo; escribirlo tal cual, con signos nuevos o viejos, como fuera, pero poder decir: aquí está este rumor, en esta tablilla. Algo que cuando yo no esté alguien ponga entre manos mojadas y diga: así era el murmullo del ladrillo.

Kushi no habló. Tomó aire por la nariz, dejó que le temblaran las comisuras, y entonces cantó. No una canción, no un rezo. Era una especie de limo sonoro, una repetición de fonemas antiguos que no tenían traducción pero sí saliva, y el viento se arremolinó alrededor de su voz, y los susurros del lugar se juntaron en una hebra más gruesa, los dos o tres, los mil ahora uno, la torre hablando consigo misma mientras un hombre le prestaba su garganta.

Fue aquí donde las cosas dejaron de ser pura curiosidad. Porque la cisterna devolvió el canto no solo en ecos sino en un timbre que ninguno de nosotros había oído nunca y sin embargo reconocimos. Era la cadencia de una abuela enseñando a hacer nudos de cuerda, de un padre enseñando a un niño a tomar una caña con la mano correcta, de un maestro de obra corrigiendo con paciencia la altura de un muro. Era la ciudad enseñándose a sí misma a ser ciudad.

Yo sentí que la tablilla bajo mis dedos ardía. Bel-ittannu inclinó la cabeza hacia un lado como hacen los perros cuando creen que algo los llama. Adah, con los ojos muy abiertos, no lloró; bajó los párpados con el peso de quien devuelve una deuda. Naram, por una vez, se calló. Y el canto, que no era de nadie, se inclinó hacia nosotros como un dios que baja a oler a sus criaturas y decide, por esa noche, no juzgar.

"Aquí está", dije sin voz. "El sonido que vine a buscar." Y quise tallarlo en la arcilla con letras que no existían todavía, con líneas que describieran la curva del murmullo, su modo de abrazar y de soltar, de hacerse labio y golpe de lengua. Pensé en los signos cuneiformes que había aprendido de niño, en los dientes de wedge que los escribas usaban para llover sobre la arcilla. Ninguno me servía. Recordé entonces un gesto que mi madre hacía para indicar que algo era suave: dos dedos apenas tocándose, un vaivén mínimo. Intenté copiarlo, hacer una marca que fuera ese gesto. Mi estilete resbaló. La arcilla se abrió como piel viva.

Fue entonces cuando lo oímos. No el canto, sino otra cosa: pasos. No de guardias. De muchos, demasiados, subiendo las escaleras. Sîn-muballit había mentido; no éramos los únicos. O más bien: la torre no nos quería a solas. Bajamos las lámparas a la mitad, hicimos de nuestros cuerpos sombras más flacas y nos pegamos al mural al que daba la cisterna. Kushi calló con el cuidado con que se apaga una vela que se quiere volver a encender.

Aparecieron primero nueve hombres con túnicas de lana, con grabados en los bordes y el olor a aceite de sésamo pegado al cabello. Traían reglas de madera y cuerdas con nudos. Arquitectos del templo, supimos de inmediato por sus tocados. Detrás, dos escribas y un muchacho que no paraba de tropezar con las sandalias. No venían a descubrir nada; venían a medir, a decidir el lugar exacto donde empezaba la ruina y terminaba la reparación.

El mayor, un hombre con las manos grandes, posó una regla en el suelo y dijo: "Aquí". Solo eso. El eco devolvió: "Aquí". Él se volvió a sus compañeros. "El ‘aquí’ se multiplica", dijo como quien enuncia una propiedad del mundo. "Si no lo fijamos, no habrá cimiento que aguante." Sus ojos, sin embargo, no miraban el ladrillo sino el aire que vibraba entre nosotros y ellos.

Nuestros cuerpos aún a la sombra, escuchamos la conversación que siguió, palabras que a un oído de afuera le parecerían técnicas pero que para nosotros eran casi un rezo. Hablaban del peso del silencio, de cómo un muro no es solo barro y paja sino lo que las voces vierten encima. Hablaron de colocar resonadores de cerámica en las esquinas, de cubrir con cal ciertas juntas para que las palabras no se filtraran y abrieran grietas. "Hay que guardar la torre de su propio sonido", dijo uno. "Y de la avidez de quienes quieren llevarse un trozo a casa." Miró al muchacho torpe, que apretaba algo entre las manos. Un pedazo de ladrillo con una inscripción. "Devuelve eso", ordenó. El falso ladrillo, que el chico había arrancado de un borde, se desmenuzó en su mano como pan tostado. El muchacho cerró los ojos con vergüenza.

No sé si nos vieron. Si lo hicieron, no dijeron nada. Los arquitectos recorrieron la terraza con su procesión de medidas. Sus voces iban y venían con ese timbre que la torre devolvía. Anotaron en tablillas, tocaron con martillos de madera, pusieron marcas con carbón en los bordes rotos. El muchacho torpe, en un momento, se apartó unos pasos, quizá a orinar, quizá a respirar, y se quedó frente a nosotros. El borde de la lámpara lo iluminó apenas. Tenía pecas y un corte en la ceja. Nos miró como se mira a quien se ve en un espejo extraño: no con susto, sino con la incomodidad de reconocerse.

Nunca sabremos si nos delató o si la torre decidió contar que había intrusos. Fue Adah quien nos movió a actuar. "Nos vamos", dijo, y sin esperar acuerdo empezó a arrastrarnos con una mano firme hacia la escalera. El canto parecía ahora suspirar. Sîn-muballit nos había dicho una hora; la luna estaba algo más allá de donde estaba. Quizá éramos nosotros los que ya empezábamos a confundir el aquí.

Bajamos con el cuidado que al subir no habíamos tenido. El aire estaba más caliente, el murmullo más bajo, como si la torre supiera que nos íbamos y hubiera soltado a regañadientes la parte de nosotros que se le había pegado. Sîn-muballit no estaba cuando llegamos al pasillo. Había dejado, en un charco de aceite derramado, la marca de su sandalia. Naram respiró hondo por la nariz, y tiró de nosotros hacia la calle antes de que alguien nos pusiera una mano en el hombro.

En la ciudad, la noche había amanecido un poco. Las tabernas cerraban, las casas apagaban fogones, un grupo de mujeres cargaba agua con risas bajas que no se dejaban atrapar. En el muelle, un pescador cantaba para sí. Nos detuvimos bajo una cornisa y nos miramos con esa complicidad que el peligro regala a los que lo comparten. Nadie habló primero. Adah tocó su collar de conchas, como si en él estuviera lo que se le había olvidado. Bel-ittannu respiró como quien ha llorado sin lágrimas. Kushi, con las manos aún temblorosas, se llevó el canto a la boca para guardarlo, como hacen los niños con las frutas robadas.

"¿Qué se llevan?", pregunté, y mi voz me sorprendió. Había en ella algo de la torre, un peso que no era mío.

"Un no", dijo Naram. "No a vender esto. No se puede empacar ese murmullo, ni contarlo sin hacerlo mentira. Si alguien me pide una historia, le diré que hay lugares donde las palabras no se dejan agarrar. Y si insiste, le venderé una tela buena, que eso sí sirve."

Adah sonrió con cansancio. "No encontré el nombre", dijo. "Pero encontré otra cosa. Los niños no se curan con palabras que una guarda como un amuleto. Se curan con la voz que te salió cuando gritaste junto al río. Tengo que recordarla, no buscar otra."

Bel-ittannu no dijo qué había oído. Se le veía distinto, como si la sombra que él decía haber perdido lo hubiera vuelto a tocar en la sien. "Mi padre", murmuró al final, "me llamaba con el rabo del ojo. Eso ninguna torre lo guarda. Eso lo guardan las esquinas de la casa. Tengo que volver."

Kushi sonrió y la noche se agrandó en esa curva. "Yo canté", dijo, "y la torre cantó conmigo. No sé si eso está bien. Temo haberla despertado de un sueño que le hacía bien. Pero si hay culpa, es la culpa de un hijo que entra a la habitación del padre sin tocar la puerta. Mañana le llevaré pan y sal a la base del muro. Tal vez la torre tenga hambre."

Yo miré mi tablilla. Sobre la arcilla apenas húmeda, apenas un par de marcas nerviosas. No tenía el murmullo. Tenía mis dedos, mis titubeos. Un fracaso honesto. Lo acerqué a la luz de la lámpara y pensé en si había modo alguno de hacer que esa superficie guardara no el sonido, sino el hecho de no haber podido atraparlo. "Voy a escribir que intenté escribir", dije. "Es lo más cerca que estaré."

Nos despedimos sin solemnidad. Es como si no hubiéramos sabido que había terminado algo. Cada uno tomó una calle distinta, con la promesa fácil de vernos en el mercado de los pescadores cuando el sol alcanzara el primer ladrillo del zócalo oriental.

No nos volvimos a ver los cinco juntos.

Al día siguiente, Sîn-muballit fue encontrado con la garganta cortada cerca de un horno de ladrillos. Dijeron que había sido una pelea por dinero. Otros dijeron que lo castigaron los dioses por vender acceso a lo que no se compra. Nadie lo lloró en voz alta, pero vi a una mujer dejar una ramita de mirto en un charco de sangre ya seco. Naram partió en la siguiente caravana hacia Susa y, según supe después, se casó con la hija de un tejedor y dejó de contar historias en las cenas. Adah siguió curando en el barrio de los barqueros. La vi dos veces, pasando con su cesta, y me hizo un gesto con el mentón que me dio más ánimo que cualquier bendición. Bel-ittannu se alistó como peón en una obra en la orilla contraria. Me dijeron que lo vieron un día, cuando el viento del este trajo arena roja, quedarse mirando una pared como si adentro hubiera alguien. Kushi desapareció. Dicen que lo vieron cantando en la obra del templo de Nabu, y otros que bajó al sur con los que recogen sal.

Yo me quedé. Y escribí. No sobre la torre, sino a un lado, en las cosas pequeñas: listas de pescado, recibos de cebada, un registro de nacimientos y muertes en el barrio de los alfareros. La ciudad es también eso: su contabilidad. De cuando en cuando, subía hacia la base del ziguratt y dejaba un trozo de pan y sal, recordando a Kushi. Un día, cerca de la cuarta luna después de aquella noche, vi que estaban colocando unas piezas de cerámica en las esquinas de la segunda terraza. Resonadores, como habían hablado los arquitectos. Al golpear una con los dedos, devolvió una nota tenue que me hizo apretar los labios. Estaban, sin decirlo, construyendo un modo de refrenar la voz de la torre. No para callarla, sino para que no se derramara.

Con el tiempo, conté esta historia a dos o tres. No como una aventura, sino como un hecho: subimos, escuchamos, bajamos. A un pescador en la ribera que me prestaba sus dedos para contar la pesca; a un niño con fiebre que se calmó cuando su madre le habló con la voz que no usaba para regatear sino para rezar bajo la manta; a un anciano que había estado en Nínive y decía que todas las ciudades ladrilladas suenan distinto, y que la nuestra tenía un pulso que parecía querer marcharse pero se quedaba por terquedad.

Una vez, años después, cuando ya el rey había mandado a cubrir de nuevo algunas partes de la torre y las terrazas eran más jardín de adobes que promesa de cielo, me crucé con el muchacho torpe que había estado aquella noche con los arquitectos. Tenía menos pecas y el corte en la ceja había desaparecido en la memoria de su frente. Reconocimos en los ojos la incomodidad del espejo. Me dijo que ahora era maestro de obra. Me preguntó, sin preguntar, si yo seguía subiendo a escuchar. Dije que no. Él, sin mirar a ningún lado en particular, comentó: "Es mejor así. La torre guarda. Y también se cansa."

Sé que puede sonar como un cuento. Lo sería, si no fuera por el olor a aceite de sésamo en el borde de la lámpara que aún conservo, por las marcas torpes en la tablilla que guardé, por el pan que se endurece de un día para otro en el altar donde nadie reza. Lo sería, si no fuera por ese modo que tienen algunas noches de devolverte una palabra que creías gastada y hacerla nueva en la boca.

Nosotros subimos a la torre, y no creemos que la torre sea la casa de ningún dios más que de las voces. Ni creemos que una maldición haya caído un día como lluvia. Creemos, más bien, que hay lugares donde los murmullos se empeñan, y que cuando muchos hombres levantan juntos un objeto tan grande que puede confundir al cielo, no es extraño que también confunda su manera de llamarse entre sí. Ni maldición ni milagro: ladrillo, respiración, deseo.

Si hubiera que ponerlo en una tablilla para que lo leyera un hombre del futuro, lo escribiría así, con signos sencillos y un espacio en blanco donde faltan palabras:

Subimos donde el viento habla en otras bocas. Cantamos y fuimos cantados. Bajamos con la lengua más nuestra. La torre siguió allí, con su paciencia de cosa que no tiene prisa. Y nosotros, con la prisa de los que sí.

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