Tales of the future

Once upon a time…

Drawn from: compatible with period, a story set in 500 Years after the apocalypse, Mentor, Man vs Man Conflict. Told in Spanish.

Yo, perro de la casa de barro, nací cuando la sequía aún no había aprendido a morder el lomo de la tierra. La abuela decía que, antes, el viento traía olor a flores de izote desde la barranca; ahora trae polvo fino que se pega a la lengua como ceniza. Vivo en El Camino, un caserío encaramado en las lomas del altiplano, donde el sol camina despacio sobre nuestro maizal, y el río se ha vuelto un hilo que canta con voz ronca detrás de las tunas.

Mi gente son Alma y su hijo pequeño, Sebas, que tiene un remolino de pelo en la coronilla y ríe enseñando la mitad de los dientes, y Roque, el hombre que vino con una camioneta vieja y los ojos como piedras oscuras. A Roque yo lo olí desde la primera vez: olía a tabaco frío, a agua guardada demasiado tiempo, a hierro. Alma me dio de comer tortillas duro y caldo de frijol, y me acarició las costillas cuando yo temblaba con las noches y el aullido lejano de los coyotes.

Alma es fuerte. Su fuerza está en cómo levanta una manta y la extiende como si fuera el cielo; en cómo camina con cántaros de barro, uno en la cabeza y otro en la cadera, desde el chorro comunitario que abre cada dos días cuando el reloj solar marca la sombra más corta en la roca pintada con una serpiente. Esa serpiente la pintó su abuelo cuando bajaban las lluvias sin pedir permiso, y ahora la repintan cada año con pigmento de nopal y ceniza, para que la comunidad se acuerde: el agua no es cosa de uno, sino de todos y de los que vendrán.

La costumbre nueva es la bendición de las sombras. Por las tardes, cuando el sol se hace un huevo de yema naranja detrás de los volcanes dormidos, la gente del caserío se junta con ramitas verdes y vasos de barro. Ponen las manos sobre los techos, miden la sombra de los magueyes, cantan un canto viejo con palabras nuevas, pidiendo que la sombra sea generosa y cubra el suelo, para que el calor no queme tanto. Los niños pintan con tizas las sombras de los perros. Yo me dejo pintar la mía; Sebas la contornea con la lengua afuera, de concentración, y me llama “mi sombra viva”.

No me gusta Roque. Él no viene a bendecir las sombras. Viene con su camioneta a veces, a dejar sacos de grano de los que hacen rendir con vitaminas y polvo de pescado, y luego se queda. De noche, cuando el viento baja del cerro con frío y el alacrán busca huecos en las paredes, sus peleas con Alma son piedras lanzadas que yo no puedo atajar. Ella le dice que el agua es del comité, que el chorro se abre un día sí y un día no, que no puede estar lavando las puertas de la casa como si fueran el piso de una tienda de campaña en una feria. Él le dice que el comité no manda en su casa. Su casa. Gruñe esa palabra como cuando a un perro le quieren quitar un hueso.

Un día llegaron hombres con un trípode y un medidor que respiraba luz. No eran de aquí: olían a ciudad, a calles con líquido dulce derramado, a humo de noche. Dibujaron líneas con aerosol sobre la vereda, marcaron el contorno del ojo de agua de abajo y clavaron una estaca de metal. La estaca brilló un poco bajo el sol. La tarde siguiente, el comisariado se juntó en la cancha, donde antes jugaban a la pelota con una calabaza dura y ahora juegan a un balón más ligero que les trajeron de la capital. Hablaron del proyecto del municipio: una cisterna grande, con placas al cielo, para que el sol hiciera el trabajo que la lluvia se negaba, y su agua se repartiera con justicia. Yo no entiendo de placas, pero sé cuando la gente se respira unos a otros. Ese día, el aire estaba lleno de esperanza con buen olor y miedo con olor a axila.

Roque apretó los puños por detrás, con los brazos cruzados. No habló en la asamblea, pero después, en la casa, pateó una olla vacía. Se rompen fácil las cosas de barro cuando caen. El sonido es como un suspiro que no llega a tiempo. Alma se agachó a recoger los pedazos, y su espalda se volvió un arco. Yo acerqué mi hocico a su mano; olía a chile, a jabón de pata, a su piel. Ella me apartó con cariño, como si mi morro pudiera herirla.

Esa noche, la voz de la colina cambió. Estoy hecho de orejas y nariz; mi mundo es una trama de sonidos blandos y duros, de olores antiguos y recién nacidos. Más allá de la milpa mudita, escuché un murmullo que no era el viento ni el pájaro. Era como metal caminando. Me puse de pie sobre mis cuatro y vi, al borde del barranco, sombras que no eran coyote ni hombre delgado. Hombres anchos, con cascos que reflejaban la luna. Hablaban bajito, decían nombres de cuadrillas, mencionaban a un tal Elías. Olían a cuerda de plástico, a aceite para motor y a nervios.

A la mañana, el rumor creció en el mercado: la gente decía que de noche alguien había entrado a las tierras de doña Cande y se había llevado las mangueras del riego por goteo. Se las llevaban enrolladas en rollos grandes, negras como culebras degolladas. Amanecieron huellas de botas junto a la compuerta del ojo de agua. El comité del agua, que ahora se llama guardianes de sombra también, se plantó con palos y con su vara de palabra, esa vara tallada con espinas de biznaga y listones de colores, y dijo que por ahí no pasa nadie a cortar nada sin acta en mano. Los guardianes entran con la vara al río una vez al año, metiéndola hondo, hasta donde se siente la corriente que no se ve. Si la vara vibra, se dice que el río está despierto, y hay que darle fiesta. El año pasado vibró muy poco.

Roque no fue a plantarse con ellos. Pero esa mañana, él empezó a llenar tambores en el patio, con mangueras que venían dando la vuelta desde la bajada al chorro. El sonido del agua golpeando el plástico era un latido apurado. Alma le dijo: “Va a venir el comité, Roque. No puedes llevarte el agua así.” Él dijo que no se la estaba llevando: que la guardaba, que era por nosotros, por Sebas, que no quería que su hijo se bañara con agua rancia ni creciera con la lengua pegada al paladar. Sonaba noble, pero sus manos apretaban la boquilla como si apretaran un cuello.

Yo sé cuando una cosa es de todos y cuando una cosa es de uno. El patio tiene olor de todos: tortillas, sudor, lana, maíz. Los tambores tienen olor de Roque. Esa diferencia se pega en el pelo, se pega a las almohadas.

Vinieron los guardianes. Entre ellos estaba Don Tavo, que me enseñó de cachorro a no meterme a la milpa cuando estaban las plantas tiernas. Traían la vara de palabra envuelta en el rebozo verde que usa la mayordoma del templo para las rondas de luna. Don Tavo habló tranquilo, con la saliva gruesa en los bordes de la boca: “Roque, hay acuerdo. Si todos agarramos como tú, el chorro amanecerá muerto.” Roque se encogió los hombros, y su sombra se movió como si fuera otra persona. “No te metas en mi patio,” dijo. Y el “mi” volvió a salir con dientes.

Hubo un silencio de esos donde hasta la luz pesa. Sebas, que venía intentando atrapar una mariposa blanca, detuvo sus manos. Alma se paró entre la vara y los tambores. Se le marcaron los huesos de las clavículas. “Guardemos con acuerdo,” dijo ella. “Hoy te toca a ti el tambor del patio chico, pero los otros son de la comunidad.” Roque soltó una risa sin alegría. “¿Desde cuándo mandas tú?” dijo. Y entonces, algo en el aire crujió, como cuando el alambre de púas se suelta y queda colgando. Uno de los hombres con casco, el de la noche, apareció en el camino polvoso, y todos sintieron que era un día para que pasaran cosas.

“Venimos a ver lo de la obra,” dijo el hombre con casco, que había traído papeles y olores de tinta. “Hay que mover unas piedras donde ustedes hacen el... ¿cómo le dicen?” “La bendición de las sombras,” dijo la mayordoma, poniéndose la rebozo más arriba. “Eso. Va a estorbar donde irá la cisterna y los paneles. Pero les vamos a dar trabajo.” Los guardianes se miraron entre sí. Ese “pero” era como una espina clavada en la pata.

Roque miró a los papeles como quien mira un espejo. Yo lo olí: vio oportunidad, vio dinero, vio también la posibilidad de estar por encima de la vara y del canto de sombras. Y decidió que era él quien iba a arreglar con los de casco. Dijo que conocía a Elías, el capataz, que ya habían hecho cosas juntos. “No necesitan al comité para hablar de esto,” dijo. “Yo les presento con los que sí deciden.” Y dio una palmada en el hombro al hombre del casco, una palmada que dejó un poquito de polvo en la tela azul.

Los guardianes se fueron con la vara envuelta, cantando bajito para sí el canto de las sombras, que ahora sonaba como canción de cuna para calmar a un niño que no quiere dormir. Alma no habló ese día en la comida. Partió tortillas con mano firme; a Sebas le puso un trozo extra de queso, para que no se diera cuenta de los silencios. Yo me acerqué al pie de la mesa hasta que mi trufa tocó su pierna. Ella dejó caer su mano sobre mi cabeza, me hizo rodar la piel de la frente, donde siento gustito, y suspiró.

Una noche después, Roque no durmió. Se vistió de negro, se colgó la lámpara a la frente y se fue con dos hombres más por el camino que baja al ojo de agua. Yo lo seguí, con cuidado, aprendiendo a poner las patas donde el polvo no habla. En el cerro, aprendí que hay lugares donde el polvo canta tu nombre si lo pisas mal. Ellos llevaban palas y barras. Llegaron al ojo de agua, que es un círculo oscuro que respira lento. Rompieron el borde de barro cocido que los ancianos habían levantado con sus manos. El hombre con la lámpara dijo: “Metemos la manguera ahora, hacemos la conexión y mañana se hace la rozadura sin que se note.” Y yo vi que la manguera era una víbora larga que quería beber del vientre del agua sin pedirle permiso.

Mi pelo se erizó. Aullé. No fue un aullido fuerte; fue uno de esos que saben ser cuchillo. Las ranas callaron. El hombre con la lámpara apuntó en mi dirección. “Un perro,” dijo, y luego soltó una piedra. Corrí hacia atrás, pero no por mí: sabía que la piedra podía rebotar a cualquier lado.

Al amanecer, la voz corrió por El Camino como cuando las hormigas encuentran azúcar: el ojo había sido mordido. El agua, herida, salió mezclando lodo en su claridad. Los guardianes dijeron que era profanación. Los de casco se lavaron las manos, dijeron que no sabían, que ellos esperaban el acta firmada. Roque dijo que él no fue. Alma miró a Roque con una cara que yo no le había visto; sus ojos eran dos pozos que se tragaban mi reflejo.

Sebas se enfermó ese día. No era mucho: fiebre leve, garganta, pero todo su cuerpo olía a calor. Alma le hizo un té con hojas de limón y un jarabe con miel vieja, de esa que tiembla como un espejo marrón en la cuchara. Lo abanicó con un abanico hecho de palma con un bordado de un venado que salta, tradición de su pueblo. Tres soplos y una historia: la del venado que se detuvo un día para dejarse tocar por una niña, aunque tenía prisa por seguir a su manada. Es la historia que cuentan en las noches antes de dormir, y ahora la cuentan con cuidado extra, porque dicen que el venado volvió, en tiempos de calor, para indicar dónde brotaría una nueva agua.

Pero la fiebre de Sebas fue creciendo, y yo veía su piel brillar en la penumbra de la habitación, respirando como si el aire fuera un tejido demasiado grueso. Alma buscó agua limpia para enfriar su frente. Los tambores de Roque la tenían, pero el comité había puesto un candado en el chorro hasta que se arreglara el daño. “Dame una jícara del tambor grande,” dijo ella. “Para bajarle la fiebre a mi hijo.” Roque puso la mano sobre la tapa. “No. Si la abres, se corre la voz. Me lo vacían. Es lo único que tenemos.” Alma apretó la mandíbula. Sus manos temblaban. “No es lo único que tenemos,” dijo. “Tenemos al niño.”

Yo metí el hocico bajo la tapa, olí el agua fría como una fruta enterrada. Mi lengua se llenó de deseo; el cuerpo sabe su sed. Pero yo no bebo sin permiso: aprendí eso cuando era pequeño y me sacaron las pulgas con agua de hierbas, aunque me mordiera la piel. Alma miró a Roque, y sus ojos eran dos preguntas que no cabían en la boca. Roque apartó la mano. “Si se enteran, nos quitan todo,” dijo otra vez. Alma no respondió. Mis orejas vibraron con el silencio.

Salió con una cubeta al hombro y caminó hasta la casa de Don Tavo. Pidió agua. Don Tavo le dio una jícara, y su mujer le dio también un paño limpio, bastante limpio como para que su olor a humo no opacara el laurel. Con ese paño, Alma bajó la fiebre de Sebas, que cerró los ojos y respiró más despacio. Yo me acosté en el umbral, guardando la puerta, y miré a Roque de reojo. Él fumaba, con el cigarro colgando de la comisura, y miraba a la calle como si la calle tuviera la culpa.

Al día siguiente, los guardianes convocaron a una vigilia en el ojo de agua. Trajeron velas hechas con cera de abeja melipona, que ahora cuidamos entre varios, porque las abejas sin aguijón son delicadas, y si se ofenden se van para siempre. Todos fueron, menos Roque. Incluso los de casco fueron, porque vieron que convenía. Las mujeres extendieron mantas con bordados de serpientes y venados, símbolos viejos con colores nuevos que ahora se usan para tapar los termos de agua, para que el sol no los mire fijo y los caliente demasiado. Cantaron el canto de la sombra con su estribillo que dice: “Ojo que nos miras, no te cierres; manos que te cuidan, no se suelten.”

En la vigilia, la mayordoma sacó la vara de palabra y la hundió en la superficie del agua rota. No vibró. Se quedó quieta, como si la vara se hubiera hecho piedra. La gente se miró los pies. El murmullo era una nube de insectos. Entonces, Alma puso su mano sobre el agua. Quedó ahí largo rato, mientras el viento le levantaba el cabello y se lo metía en la boca. “No te cierres,” susurró, no en voz de mando, sino en voz de madre. Y yo pensé en su mano sobre mi cabeza, en cómo afloja mi miedo, en cómo hace que mis ojos se abran más y no menos. A veces, las manos hacen lo que las varas no.

Roque llegó cuando ya la tarde se quebraba. Traía en la mano un papel con sellos. “Ya está el convenio,” dijo. “La cisterna va. La obra empieza mañana a primera hora. Yo seré el enlace. Los que se apunten ganarán bien. El ojo va a quedar cubierto, pero con eso se detiene el hambre de agua.” Hubo voces a favor y voces en contra. Los viejos hablaban de espíritus del agua, de la Niña de la Corriente que se ofende si la encierran. Los jóvenes, de la urgencia: de la sed del ganado, de los niños con labios partidos, de la piel que se agrieta. La discusión era como dos perros que se olfatean con dientes a la vista.

El conflicto no era el agua solamente; era también el orgullo y la vergüenza, la memoria y el hambre. Yo sentía el latido de la comunidad como cuando uno apoya la cabeza en el pecho de su humano. No es un ritmo parejito: a veces tropieza, a veces se acelera. Entendí que mi familia no era solo mi patio, sino todas las manos que habían hecho barro en estas lomas, todos los pies que sabían el camino con los ojos cerrados.

Esa noche, Alma fue a hablar con Roque. Le dijo que no podía ser él solo quien decidiera. Que la vara de palabra no es una simple rama, sino lo que se acuerda cuando se come del mismo plato. Roque dijo que las varas no alimentan. Que hubiera querido, de niño, un padre que se plantara frente al hambre como él lo hacía ahora frente al comité. “Yo también fui niño,” dijo, y fue la primera vez que lo escuché decir algo de antes. “Una vez, mi madre me llevó al río y me enseñó a no temerle al remolino. Me dijo: ‘Si te agarra, te sueltas. Te haces flojo, te dejas ir un poco, y sales por el lado’. Nadie se dejó ir por mí.”

Alma le miró las manos, y yo vi que en ellas había cicatrices que yo no había olido porque estaban cubiertas de tabaco y hierro. “Tal vez ahora te toque dejar ir un poco,” dijo. Roque sacudió la cabeza. “Si me suelto, me arrancan el agua de las tripas,” dijo. Y apretó el papel con sellos hasta arrugarlo.

Esa madrugada, los de casco llegaron con maquinaria. No era grande como las que pasan en los videos que llegan en los teléfonos de segunda mano; era una máquina arisca y pequeña, con patas de metal que le vibraban, como un insecto gigante sin interés por flores. Traían también una lona con dibujos de cómo quedaría la cisterna, con el sol tallado en amarillo en las esquinas. La gente se apartó o se acercó, según su coraje. El aire olía a tierra que se despierta a la fuerza.

Cuando la pala de la máquina bajó hacia el ojo, el comité atravesó la vara de palabra frente al borde. “No pasarán,” dijo Don Tavo, y su voz dejó de temblar. El de casco, Elías, explicó cosas, mostró papeles. Sus palabras eran piedras redondas, sin aristas, que no encontraban dónde quedarse. Roque se puso del lado de la máquina. Alma se paró entre ellos, con Sebas detrás, agarrado de su falda. Yo me puse a su derecha. Mi pelo se erizó otra vez, pero no por miedo: por una electricidad rara que a veces pasa cuando la vida se pone de pie.

Entonces el conflicto dejó de ser ruido y se volvió movimiento. Un muchacho, primo de Roque, empujó a Don Tavo. La vara vibró. No porque el agua la moviera, sino porque las manos tensaron. La máquina avanzó un poco; el metal raspó el borde de barro. Alma gritó “¡Alto!”, y su grito se escuchó como cuando dos piedras chocan al borde del río.

Yo salté. No sé pensar antes; sé antes. Me puse delante de la pala. El metal estaba frío pero con un pulso. Empecé a ladrar, no a los hombres, sino al hierro. Mi voz se hizo grande, y supe que era el perro de una casa, de un caserío, de un ojo de agua vieja. Mis patas quedaron manchadas del barro que rezumó. Los hombres se detuvieron, como si un mecanismo que no tiene que ver conmigo se hubiera trabado.

En el silencio, la abuela de Alma, que casi no había salido en todo el día, apareció desde el fondo, con un rebozo que olía a tiempo. Se acercó despacio, con pasos tan suaves que no levantaban polvo. Traía en las manos un jícaro con agua del altar, agua guardada de cuando la lluvia vino fuerte hace cinco años. Era agua bendita con hojas de pirú, que guardaron en secreto para cuando hiciera falta verdad. Dijo: “Hay cosas que se abren con llave. Hay cosas que se abren con acuerdo. Y hay cosas que sólo se abren con memoria.” Vertió un chorro minúsculo sobre el ojo, justo donde el borde se había roto. El agua nueva tocó el agua vieja y se hizo un olor que yo no conocía: dulce y salado a la vez, a barro y a fruta, a sudor y a nube. Todos lo olieron. Sus ojos parpadearon.

La máquina reculó un poco. Elías se limpió el sudor con la manga. “Podemos mover la cisterna unos metros,” dijo. “Podemos…” y buscó palabras que no había traído. No sabía de memoria. Roque apretó los labios. Miró a Alma, no a los demás. Vi en su cara una lucha de esas que no hacen ruido. Al final, bajó el papel con sellos. “Si se mueve,” dijo, “hará sombra a las pencas. Y la sombra es bendición.” Alguien en la multitud soltó una risita; se cortó rápido, como si no fuera momento.

El comité accedió a discutir un nuevo lugar. Se armó un círculo de piedras y papeles. Hablaban de grados y de medias sombras, de horarios, de cargas. Yo no entiendo de eso, pero sí entiendo cuando el tono baja del filo al lomo. Entiendo cuando el orgullo se sigue pegando, como espina que ya no duele, pero sabes que está. Alma sostuvo a Sebas. Él ya no tenía fiebre. Sus manos pequeñas me agarraron una oreja y me la retorcieron con la inocencia de los niños, que no saben de guerras de hombres.

Los de casco prometieron que el borde del ojo sería reparado primero. Trajeron bolsas de cementos de cal viva y arena. Las mujeres trajeron agua en jicaras. Ahí estaba el temor, sí, como una sombra que no se puede espantar con cantos. Pero también otra cosa: una paciencia de hormigas. El barro se mezcló con cal y con el polvo de piedras viejas molidas para que el espíritu de la casa siguiera en la casa.

Roque se ensució las manos. No al principio: miraba, daba órdenes. Al rato, un chico se cortó con un vidrio enterrado en el lodo. Alma, sin pensar, le envolvió el dedo con su pañuelo. La sangre dejó una marca roja en el hilo azul. Roque vio eso, y algo en él bajó la cabeza. Tomó una llana y alisó una pared, y otra, y otra. Sus brazos, que eran de empujar, aprendieron ese día a alisar.

No fue todo paz. Los primos peleaban con chistes a medias, con empujones de cariño que podían volverse puños. El comité no olvidó hambre ni ofensas. Al día siguiente, uno de los tambores del patio amaneció con la tapa rota y el agua se había ido, dejando un círculo oscuro en el suelo como una luna nueva. Nadie dijo nada, o todos dijeron que no sabían. Roque masticó el aire, que es lo que hacemos cuando no hay qué morder. Alma barrió el lodo con escoba de rama y lo llevó a la milpa. “Que algo beba,” dijo.

Pasaron semanas. La cisterna se levantó, a unos metros del ojo, con un techo en pendiente que recogía lo que el sol regalaba convertido en otra cosa. La gente aprendió a abrir y cerrar grifos nuevos con reglas claras que se anunciaban con campanadas. Las campanadas sonaban según sombras. El comité dejó de ser sólo guardianes de sombras para ser también medidores de sombra: enseñaron a los niños a entender el reloj de la serpiente pintada en la roca, ahora repintada con una mezcla que dura más bajo los castigos del sol. Los niños aprendieron, con juegos de tizas, a predecir dónde iba a estar la sombra de un maguey a las tres de la tarde, y acertaban con risas.

Roque ya no fumaba tanto. Pasaba más tiempo en la cancha, enseñando a los adolescentes a cargar sacos sin reventarse la espalda. Cuando lo invitaban a la bendición de las sombras, al principio se quedaba atrás, con las manos en los bolsillos. Luego empezó a acercarse. No cantaba, pero escuchaba. Una tarde, cuando el sol debilitado se hacía trizas en el cielo, lo vi con un hilo rojo atado en la muñeca. Es la costumbre nueva: después de pelear fuerte, los que estuvieron en lados opuestos se miran en silencio y se atan un hilo, cada uno en su muñeca. No significa perdón completo ni olvido: significa que si el otro cae en un barranco, tienes obligación de echarle la soga. El hilo se corta al cabo de cuarenta días, cuando la piel se acostumbra a la ausencia.

Una noche de luna adelgazada, escuché de nuevo el metal caminando. Me levanté, la piel oyendo más que mis orejas. Afuera, dos sombras pegadas a la cisterna, manos intentando abrir una tapa. Olían a sudor viejo y a hambre. No eran los de casco; eran de los nuestros, o de un caserío vecino. Gruñí. Salí. Ladré. Uno de ellos me lanzó un hueso viejo envuelto en grasa. No caí en su truco. Me acerqué y ladré más. Alma salió detrás, con una lámpara de aceite, llamando a Roque y a Don Tavo. Las sombras corrieron, los pasos hicieron música en la grava.

Los hombres salieron con palos, con las voces aún llenas de sueño. Roque se lanzó con un grito que no era de ira sino de susto. Corrieron hasta la curva del camino, pero la noche había escondido a los ladrones. Volvieron juntos. Nadie hizo chistes. La tapa volcada había dejado una marca de agua que dibujaba un círculo que no era perfecto. Sebas, despertado por el ruido, asomó con su pijama de algodón con dibujos de venados y serpientes. “¿Quién fue?” preguntó. Alma lo abrazó. “Gente con sed,” dijo. Y a mí me acarició detrás de la oreja. “Gracias.”

Al día siguiente, la asamblea discutió cómo proteger el agua sin convertir el lugar en una trampa. Roque propuso turnos nocturnos. La abuela de Alma propuso otra cosa: “Hagamos un cerco de plantas.” No de alambres, que ahora se calientan al sol y cortan a quien no ve en la noche, sino de nopales y de magueyes, de flores de un perfume que avisa si alguien pasa. Así nació otra costumbre que todos aprendimos: plantar defensas vivas alrededor de lo que se ama, no paredes. La frontera se volvió alimento, miel, fibra para cuerdas. Los niños jugaban a esconderse entre las pencas, cuidadosos de no herir la piel. Yo aprendí a pasar sin espinas, como hacen los zorros, con el cuerpo bajito y la barriga casi rozando la tierra.

Una tarde, cuando la cisterna ya daba su primer goteo claro y el ojo de agua respiraba con menos herida, vino de la ciudad una mujer con una grabadora que olía a plástico nuevo. Dijo que quería hacer un registro de las costumbres, que los cantos a la sombra eran “patrimonio vivo”. Puso su micrófono cerca de la boca de Alma. Ella cantó despacio, y su voz tembló al principio y luego se hizo un hilo firme. La grabadora guardó la canción, pero yo sé que los cantos se guardan mejor en los cuerpos que hacen el trabajo, en los brazos que cargan agua, en las piernas que se doblan para cortar nopales sin espinarselos.

La mujer notó el hilo rojo en la muñeca de Roque. Preguntó qué significaba. Roque dijo: “Que no nos vamos a soltar del todo.” Luego se quedó callado, como si hubiera dicho demasiado. La mujer sonrió sin entender del todo, como hacen los forasteros cuando creen que algo es pintoresco y no saben si eso los incluye.

Yo, que no entiendo de grabadoras ni de patrimonio, sí entiendo de finales y principios. Una tarde, cuando el calor estaba como una mano pesada en el lomo, Sebas me llevó al ojo de agua, ya con el borde reparado y los nopales creciendo alrededor. Llevaba una barquita hecha con dos corcholatas aplastadas y un palito de paleta que le había dado su tío, el que vive en la frontera. Sonrió con todos los dientes y la puso en la superficie. La barquita bailó un poco, se fue al centro y volvió, como si conociera el camino. Sebas aplaudió, y su risa fue agua dentro de la garganta de todos.

Alma estaba a un lado, con la cara bronceada por el sol, con las líneas de la preocupación suavizadas. Roque se sentó en una piedra, cansado de un bien que cansa distinto al mal. Su camisa olía a cal y a sudor y a un poco de esperanza, que tiene un olor que uno aprende a reconocer: como pasto mojado antes de que llueva. Miró a Sebas, y una mano suya, que yo siempre había visto servir para empujar, se volvió, por un momento, un techo.

El sol se inclinó y la sombra de los magueyes se alargó sobre la tierra y sobre mi lomo. La gente empezó a llegar con sus ramitas verdes, con sus vasos de barro. La mayordoma sacó la vara de palabra, ahora con un lazo nuevo trenzado en la punta, color de brazada. Cantaron. Yo me acosté al borde, con el hocico sobre los pies, y miré cómo la sombra se desplazaba lenta, cómo la barquita de corcholatas seguía su juego, cómo los ojos de la gente se llenaban no sólo con la forma del agua, sino con lo que les contaba al oído.

No hubo moraleja ni fuego artificial. Sólo una imagen que se me quedó incrustada en el cerebro de perro: la sombra de la mano de Sebas, abierta sobre el agua, coqueteando con la luz, mientras el ojo respiraba, despacio, sin ofenderse. Un hilo rojo colgando de la muñeca de Roque, gastándose con el rozar de su trabajo. Y un canto que no termina nunca de aprenderse, que cada tarde se canta un poco distinto, según la sed y la esperanza. Yo, perro, cerré los ojos un instante para saborear el olor del polvo que se enfría, del barro que cura, del pelo de mi gente. Abrí los ojos otra vez porque apagan el sol, y porque en la orilla del ojo una libélula, con alas como vidrios viejos, me miraba como si supiera mi nombre. Me quedé quieto, y la libélula se posó un momento en mi nariz. Respiré hondo, como quien bebe. Y, en ese segundo, todo estuvo en su lugar.

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