Fantasy worlds

Once upon a time…

Drawn from: FRP World, Present world story, Superhuman Helper, feeling of awe and wonder. Told in Spanish.

La primera vez que Eva oyó hablar de FRP World fue por un hilo de Twitter que se volvió inusualmente poético para los estándares de la plataforma. No eran los típicos reclamos publicitarios ni las promesas exageradas de influencers. Eran fotos: fachadas industriales cubiertas de glicinas, un túnel de viento convertido en galería, líneas de producción vacías que parecían pasillos de catedral. “Un parque de fibra de vidrio al borde de la ría”, decía uno de los comentarios, “lo han abierto como espacio público y dicen que de noche canta”.

Eva lo leyó dos veces y se rió. Lo de “canta” le pareció cursi. Pero vio el nombre repetirse a la semana siguiente en un artículo de un diario local: FRP World, el antiguo complejo de manufactura de polímeros reforzados con fibra, reciclado como distrito cultural y tecnológico, con acceso libre a ciertas horas. Había fotos de niños corriendo por plataformas que antaño soportaron reactores, de una mujer mayor tocando con la palma el cilindro de un depósito como si fuera una campana sagrada, de un joven sentado en un banco con forma de ala, cara al atardecer. “Espacio de memoria material”, decía el pie de foto. Eva, que llevaba meses buscando trabajo y trataba de no pensar demasiado en el cariño con el que su padre hablaba de “cuando la industria era industria”, guardó el artículo.

Fue un jueves de febrero cuando decidió ir. La estación de metro desembocaba en una explanada que su abuelo habría llamado muelle, aunque las grúas ya no estaban. Al otro lado de la calle, FRP World se desplegaba como una ciudad dentro de la ciudad, con alturas insólitas, puentes aéreos y piezas monumentales que parecían juguetes gigantes, todas en ese tono indefinible entre verdoso y grisáceo de la fibra de vidrio envejecida. Había recorrido señalizado, pero también láminas con textos de ingenieros y poetas —una mezcla extraña— que hablaban de fuerzas, cargas, resinas, recuerdos.

Eva entró por el acceso de las antiguas oficinas. Seguridad revisó su bolso con amabilidad; le ofrecieron un mapa impreso en cartulina reciclada, un plano con pequeños iconos azules: la nave de los cilindros, el patio de los moldes, la pasarela de pruebas, el jardín de resinas. Ella lo dobló y lo metió en el bolsillo del abrigo. Caminó primero hacia la nave de los cilindros, que resultó ser como lo imaginaba y como nada de lo que había visto nunca. Eran cilindros colosales, de una textura fina, tensada, algunos translúcidos. La luz invernal entraba por ventanales corridos, y había polvo en suspensión, pero no ese polvo que irrita los ojos, sino una neblina de mota y luz. Dos niños jugaban a rodar uno de los cilindros más pequeños, riendo y pidiéndose turno. Un cartel advertía que no se debía empujar los grandes, que estaban anclados. Se sintió ridícula al poner la palma sobre uno, tal como había visto en las fotos; sin embargo, había algo casi tibio en la temperatura del material, una calidez inesperada. “Parece una piel”, pensó. Leyó el texto al pie: “Cilindro de teste, 1998. FRP, fibra de vidrio, resina epoxi. Proyecto fallido. Se conserva por su belleza accidental.”

Le llamó la atención esa frase: “belleza accidental”. ¿No eran así la mayoría de las cosas que la sorprendían últimamente? A su alrededor, las personas hablaban en voz baja como si estuvieran en una biblioteca. Un guía explicaba a un grupo de escolares qué era un material compuesto, y lo hacía con paciencia, comparándolo con el modo en que una trenza aguanta más que un pelo suelto. Eva sonrió sin querer. Se puso a caminar sin rumbo fijo, o con un rumbo que solo descubrió cuando, al cruzar un corredor, se vio de golpe frente a una explanada de moldes gigantes como cuencos de barco invertidos. Allí, en el patio, empezaba el jardín de resinas.

“Este olor”, se dijo. Era un aroma tenue, a plástico y cítrico, y a tierra húmeda. Entre moldes y piezas, habían plantado agaves, gramíneas, plantas que parecían haber brotado de los poros de la fibra endurecida. Alguien se detuvo a su lado para sacar una foto con el móvil. Era un hombre de unos sesenta, pelo blanco muy corto, gafas sin montura. Le sonrió a Eva con una cortesía fuera de época. “¿Primera vez?”, le preguntó.

“Sí”, dijo ella. “¿Usted viene seguido?”

“Vine la semana pasada por un taller con mi nieto. Y volví solo. Quería ver si lo que sentí era de verdad o me lo había inventado para él.”

Eva asintió, sin saber muy bien qué decir. Él señaló un panel cercano. “Mi mujer trabajó aquí en los noventa. Es gracioso. Nunca me trajo.”

En el panel había una foto: un grupo de operarias con cascos y buzos azules, sonriendo con los brazos cruzados. Los nombres debajo no estaban completos, sólo apellidos: S. Castillo, J. Pereira, A. Luz. “Mi madre”, dijo de pronto el hombre, “era Pereira. Yo soy Jiménez, pero... bueno.” Se rió de sí mismo, con esa risa leve que hace el gesto de encogerse de hombros. “Me llamo Arturo.”

“Eva”, dijo ella.

Caminaron juntos un trecho en silencio. Llegaron a la pasarela de pruebas, un puente largo y ligeramente curvado, suspendido entre dos naves. Tenía barandillas también de FRP, translúcidas como jade lechoso. Por debajo se veía el vacío de la nave, la cuadrícula de vigas que sustentaban el mundo. Un técnico de mantenimiento revisaba algo arrodillado al lado de un poste, y su caja de herramientas era de un rojo chirriante que contrastaba con el resto. Había viento allá arriba, un viento limpio que parecía traer noticias de la ría. Eva se apoyó en la barandilla y contempló la ciudad desde ese ángulo nuevo, la cimentación del puente como un diapasón.

Arturo sacó de su bolsillo un papel doblado: un pequeño folleto con un poema impreso. Se lo ofreció. “Lo reparten a veces en la entrada. Es de una chica que vino a escribir aquí.”

Eva leyó en voz baja: “Donde hubo ruido, dejaste hueco. Donde hubo resina, dejaste un río. No sé si toco tu espalda o la de un pez. El mundo ya pasó por aquí”. Le dio las gracias. No sabía por qué la conmovía. Quizás porque hacía semanas que todo le parecía cerrado y áspero, y allí había aire en palabras que no eran suyas.

Se separaron en un cruce de pasarelas. “Voy a la sala de sonido”, dijo Arturo. “Hacen una instalación a las seis. Dicen que canta.” Sonrió.

“Me pasaré luego”, dijo Eva, y sintió que ese “luego” le hacía sentir parte de algo, aunque fuera pequeño: un plan que la rodeaba con la textura del lugar.

Bajó una escalera de peldaños perforados por donde se colaba la luz como si lloviera al revés. La llevó a una sala más baja, la de “fallos controlados”, según el cartel. Allí exponían piezas que no habían superado pruebas: tubos con grietas, placas con burbujas capturadas. Había un dispositivo donde se podía accionar una palanca y ver cómo una lámina se doblaba hasta encontrar su límite. Una pareja joven, con mochilas y voz emocionada, repetía el gesto y reía cada vez que la lámina decía “clac”. Eva tocó la palanca sin ganas de pertenecer al juego, y sin embargo se encontró sujetándola con un cuidado casi reverencial, como si el objeto la pudiera juzgar. Cuando la lámina cedió, el sonido no fue un “clac”, sino una nota grave, un lamento dulce. Miró su mano sorprendida. Pensó en su propia empleabilidad quebradiza, en las entrevistas en que había dado lo mejor de sí y algo, en el último momento, había crujido.

Al salir de la sala, la tarde se había puesto de oro afuera. Un grupo de estudiantes dibujaba en cuadernos, sentados de rodillas, apuntando líneas que eran puentes y sombras. Un guardia recolocaba una cinta que alejaba a la gente de una zona, y su gesto era tan suave, tan coreográfico, que parecía parte de la exhibición. En la esquina, un perro atado dormía con ese abandono total de los animales felices. Eva caminó hacia el borde contiguo a la ría; la vista era limpia y plana, los barcos se volvían sombras recortadas, y el reflejo de FRP World en el agua le dio la impresión extraña de estar viendo una maqueta dentro de otra.

Fue allí, junto a la barandilla, donde la oyó: una vibración leve, casi indistinguible del rumor del viento, que crecía y decrecía como si siguiera la respiración de alguien. Se giró. Varias personas también miraban alrededor, con esa curiosidad compartida que une a desconocidos. Un niño señaló hacia arriba. Desde las vigas principales de la nave adyacente colgaban cables tensados y placas delgadas, dispuestas en ángulos precisos. La vibración recorría cada placa, tocando bordes y esquinas, y de pronto se convirtió en una nota plena, redonda. Era la instalación de sonido de la que hablaba Arturo. “Canta con el viento”, leyó en una placa informativa. “Los materiales responden a corrientes y tiempos. Es un instrumento que toca la ciudad.”

La nota dio paso a otra, más aguda. La ría parecía acompañar, con sus pequeñas olas chocando rítmicas contra el muelle. La gente se quedó quieta. Eva sintió algo en la nuca, ese pellizco de quien está presenciando algo que no sabía que necesitaba. No era grandilocuente. No subían luces ni había pantallas con instrucciones. Era viento y fibra, acero y aire. Sintió que la garganta se le cerraba un poco y no supo si por emoción o por el frío. Buscó con la mirada a Arturo y lo vio del otro lado, más arriba, apoyado en otra barandilla, con el papel del poema en la mano. Estuvieron un segundo mirándose sin reconocer, solo para constatar que había otros testigos. Luego apartó la vista.

El coro del viento duró un minuto largo, o eso le pareció. Cuando se deshizo, hubo un pequeño murmullo de respiraciones y pasos. Una mujer dijo “qué cosa”. Un adolescente intentó repetir la nota silbando. Un ciclista, que había hecho una pausa, asintió como si confirmara un dato. Eva se quedó un rato más hasta que se hizo de noche. Las luces de FRP World se encendieron de a poco, con un criterio que mezclaba seguridad teatral y pudor. Los grandes cilindros quedaron medio iluminados, como lunas posadas en el suelo.

De regreso al metro, compró un cucurucho de castañas. En el tren, con el calor en las manos, abrió el móvil y buscó “voluntariado FRP World”. Había una convocatoria para mediadores culturales, sábados por la mañana. Se guardó el enlace.

En la semana, envió la solicitud. Escribió su nombre, los datos, los motivos. No dijo “estoy agotada y necesito respirar”, escribió: “Me interesan las intersecciones entre industria y comunidad, y creo que puedo aportar en mediación”. Adjuntó su currículum medio deslavado de tanta reformulación. Esa noche soñó que caminaba por un bosque de vigas, y que el viento cantaba su nombre.

La llamaron un martes. Le ofrecieron una entrevista el viernes a las cinco. Cuando colgó, se recostó contra la pared de la cocina y se rió sola, sin motivo articulable. Se olvidó de la cafetera en el fuego y la salvó justo a tiempo del desastre.

El viernes llegó temprano. Un joven con pelo rosa la recibió. Se llamaba Óscar y tenía un aro discreto en la oreja. La condujo a una sala que había sido una oficina con ventanas altas. En la pared, un póster antiguo de “Normas de seguridad en resinas” convivía con un pizarrón donde se planificaban visitas escolares. La persona encargada de la entrevista era una mujer de unos cuarenta, sonrisa franca, manos manchadas de tinta: Patricia. Hablaron casi una hora. Patricia le preguntó qué veía en FRP World que no hubiera visto en otros espacios. Eva respondió con cautela, tratando de no sonar ingenua. Dijo que le sorprendía la honestidad del lugar, su falta de maquillaje: “No es un museo que reniega de lo que fue. No es un parque que compite con lo natural. Es otra cosa”, dijo. “Una especie de acuerdo entre lo que ya pasó y lo que todavía puede pasar.”

Patricia asintió, como si recogiera y guardara la frase. “Nos falta gente que pueda sostener esa conversación con los visitantes”, dijo. “Parece simple, pero no lo es.” Miró su currículum, le hizo preguntas más prácticas, sobre disponer de tiempo, de paciencia, de ganas. Se rieron cuando Eva admitió que no sabía más de resinas que lo que había leído en los paneles. “Yo tampoco”, dijo Patricia. “Aprendemos.” Al despedirse, le dijo que la llamarían.

La llamaron. Empezó un sábado de marzo. Le dieron una credencial con su nombre y un chaleco gris claro. No era un uniforme severo; el chaleco era como un abrazo de tela con bolsillos. Le asignaron la nave de los cilindros. Había que atender preguntas, invitar a tocar con respeto, impedir que se trepara a los cilindros más altos. Lo hizo con una mezcla de torpeza y entrega. Al tercer sábado, ya reconocía a algunos visitantes que volvían. Una mujer con cabellos morados que siempre se detenía ante los mismos tres cilindros. Un señor que venía con su nieto, y al que al fin vio de cerca: Arturo. Se saludaron con una alegría cómplice. “Vine sin el niño hoy”, dijo él. “Quise escuchar solo.”

“Yo hoy voy a la instalación de sonido cuando salga”, dijo ella. Él alzó el folleto, otro poema diferente, como si siguiera una tradición propia. “Nos veremos allí”, dijo.

El trabajo como mediadora se convirtió en una parte de su semana que organizaba el resto. Encontró un empleo de medio tiempo en una librería que abría entre semana, y los sábados se reservaban para FRP World. Aprendió a decir “no empujes por favor” con una sonrisa, a escuchar historias de gente que había trabajado allí, a hacer preguntas que abrían otras preguntas. Un día, una mujer mayor le contó que el polvo de la fibra las había obligado a iniciar una huelga en el año 97; lo decía sin amargura, como una anécdota que ya no dolía más que en la medida justa. Otro día, un niño de cinco años le explicó con seriedad que los cilindros eran “trompas de elefante que duermen” y ella decidió que nadie, ni un doctor en ingeniería de materiales, podría superarlo.

A veces, al final de la jornada, cuando los visitantes se iban, subía sola a la pasarela. El viento era distinto según la hora, y el canto variaba. Había noches en que no sonaba, y se diría que el conjunto dormía. Había otras en que el sonido era casi un lamento largo, como el de un barco lejano, y se le ponía la piel de gallina. Empezó a notar los detalles: pequeñas marcas de desgaste de los módulos, la manera en que las plantas arrojaban sombras sobre los moldes, brillando apenas, como si alguien hubiera pulido conscientemente ese efecto. Una tarde de abril, vio a Patricia llorar debajo de un panel, discretamente, y no supo qué hacer. Se acercó y Patricia, sin mirarla, dijo: “Acaban de llamar. Van a recortar el presupuesto. Hay áreas que tendremos que cerrar algunos días.” Eva se sentó a su lado y dijo: “Podemos hacer turnos. Puedo venir más.” No sabía si era verdad, pero quería decirlo. Patricia se secó las lágrimas con el dorso de la mano y rió con un snif al medio. “No te preocupes. Siempre encontramos recursos en lugares raros”, dijo, y le tocó el brazo con una gratitud que supo a promesa.

La noticia salió en la prensa ese fin de semana: “FRP World ajusta su programación por recortes”. Le siguieron columnas de opinión, algunas indignadas, otras condescendientes. Eva no tenía ganas de debate. Tenía ganas de estar allí. El sábado, la asistencia fue mayor que nunca. La gente venía como quienes van a una vigilia. Se detuvieron más frente a los paneles. Tocaron con más cuidado. Cuando el viento hizo su canción, hubo un silencio que no se parecía a ningún otro, una atención que dolía un poco. Arturo se acercó al final de jornada con una bolsa. “Esto es para vos”, dijo, y le dio un cuaderno de tapa de cartón, cosido con hilo rojo. “Mi nieto y yo hicimos una libreta. Para que apuntes historias.” Eva lo hojeó. En la primera página, el niño había dibujado un cilindro con ojos.

Esa noche, escribió: “Hoy vino una mujer que había trabajado pegando láminas. Me mostró sus manos: pequeñas cicatrices brillantes como si tuviera vidrio bajo la piel. Dijo que no extrañaba el dolor, pero extrañaba la conversación. Dijo que aquí, ahora, la conversación continúa. Me quedé pensando en eso. En conversar con materiales, con el viento.”

La semana siguiente, FRP World inició una campaña. Había una transcripción de testimonios, fotos de piezas que no solían exponerse, recorridos especiales. Eva se pasó horas escuchando a gente mayor. Una mañana, una señora apareció con una caja de latón: recortes de periódico, un almanaque con el logo antiguo, una foto donde se veían, al fondo, barcos y una fecha del 86. Eva las miró como si fueran los huesos de un animal que hubiera que recomponer con paciencia. “No las dejes aquí”, le dijo Patricia a la mujer con una gravedad afectuosa. “Vamos a escanear y te las devolvemos.” La señora asintió como quien suelta a un hijo por un rato y se queda frente a la puerta cogida del picaporte.

Empezó el otoño. FRP World cambió de color. Las plantas del jardín de resinas enrojecieron un poco. La luz de la tarde se volvió esa luz increíble que lo perdona todo. Una vez, un grupo de adolescentes improvisó una coreografía en medio de la nave de cilindros. No era un espectáculo programado, y nadie los echó. Los visitantes hicieron un círculo y dejaron que la música de un altavoz portable rellenara el aire. Eva sostuvo el espacio con una sonrisa. Después, uno de los chicos se acercó y le dijo que su padre había trabajado ahí, que nunca le contaba mucho, y que mirar ese lugar lo hacía sentir menos enfadado con él. “Es raro”, dijo. “Me imaginaba algo gris, feo. Esto es... no sé. Grande.”

Una tarde especialmente ventosa, la instalación de sonido desgrana una secuencia perfecta, como si alguien hubiera ensayado durante semanas. El coro de placas y cables acompañó el traqueteo de un tren que pasaba al fondo, y alguien dijo “escuchad”. Todos se callaron. Las notas se sucedieron, algunos escucharon melodías conocidas, otros no lo quisieron nombrar. Eva sintió que ese era el tipo de cosas que justificaba que un lugar existiera. Le llegó un mensaje de su madre: “¿Te quedas a cenar el domingo?” Respondió: “Sí. Te cuento cosas”.

Cuando su madre la vio entrar con el chaleco en un brazo, sonrió de ese modo que mezcla orgullo y temor de que la ilusión sea breve. Eva le habló de los cilindros, de los moldes, de los niños, del viento que canta. Su madre la miró como se mira a alguien que ha encontrado por fin una piedra en el río donde apoyar el pie. “Tu abuelo habría adorado eso”, dijo. “No sé si lo habrías sacado de ahí.”

Un domingo, un periodista la entrevistó. Preguntó en qué consistía su labor. Ella habló de mediar, de facilitar, de escuchar tanto como hablar. “¿Y qué es lo que más le sorprende?”, preguntó él. Eva miró hacia arriba, hacia la estructura que se recortaba contra el cielo. “Que la belleza pueda salir de un lugar donde hubo daño y fatiga”, dijo. “Que no haya que ocultar las cicatrices para que los niños las acaricien sin miedo.” Él asintió, anotó, asintió otra vez.

En noviembre, anunciaron que la campaña había recogido más fondos de los esperados. No todo estaba resuelto, pero era suficiente para sostener el programa de educación y mantener abiertas las salas principales. Patricia reunió al equipo, sonrió sin disimulo. “La gente entiende. Este lugar no es un capricho. Es un puente”, dijo. Hubo aplausos torpes y sinceros. Eva, que no era especialmente dada a abrazos en espacios laborales, se abrazó con Óscar y con la mujer de cabello morado, cuyo nombre, supo por fin, era Clarisa.

La noche celebraron con una visita guiada abierta, a oscuras, con linternas a cargo de los propios visitantes. Se apagaron las luces, se repartieron lámparas de mano. Eva condujo a su grupo por la nave de cilindros con un cuidado especial de no tropezar, y cada luz dibujó un recorte distinto, una geometría íntima. El viento, amable, hizo sonar la instalación con discreción, como un susurro. Al terminar, la gente aplaudió bajito, como se aplauden los milagros modestos.

Esa misma noche, antes de volver a casa, Eva subió una vez más a la pasarela. Estaba casi sola. Arturo estaba apoyado en el barandal, mirando hacia la ría, y llevaba el abrigo abrochado hasta arriba. “¿Te acordás de la primera vez que viniste?”, le dijo él sin volverse.

“Sí,” dijo ella. “Pensé que lo de que canta era cursi.”

“Y ahora”, dijo él.

“Ahora lo necesito”, dijo. “No lo de las palabras, sino esto. Este canto extraño.”

Arturo asintió. “Yo también. Mi mujer murió en mayo. Perdóname, no te lo había dicho. Veníamos a la ría juntos. A veces siento que ella está en estos lugares donde el aire tiembla un poco.” Se hizo un silencio largo, no incómodo. Eva pensó que la ciudad también era eso: puentes para atravesar duelos, materiales que aprendían a decir sin labios.

Se quedaron quietos hasta que el frío les sugirió bajar. Al despedirse, Arturo le tocó el hombro con la mano y dijo: “Gracias por sostenerlo”. Ella se rió y dijo: “Yo apenas sostengo un chaleco con bolsillos”. Él negó con la cabeza. “Sostenés otra cosa.”

Meses después, hubo un día de lluvia intensa. FRP World cerró por la tarde. Eva se quedó guardando objetos, revisando que todo estuviera cubierto. La lluvia caía con ganas y el techo conocía el ritmo. Se detuvo un segundo en la nave de los cilindros, apagó y encendió las luces para comprobar circuitos, y en ese parpadeo el mundo pareció latir. Apoyó la frente en un cilindro, cerró los ojos, respiró. Le pareció que el material le devolvía el calor. Pensó en el poema. Donde hubo ruido, dejaste hueco. Donde hubo resina, dejaste un río. No supo si tocaba una espalda o la de un pez. Y sonrió, con esa sonrisa que llega cuando no hay nadie mirando y uno recuerda que todo, a pesar de todo, puede aún sorprender.

Cuando el agua aflojó, bajó la persiana de la entrada principal y las gotas hicieron ese sonido preciso de cuentas cayendo. Salió con el paraguas y se detuvo en el umbral. La ría, frente a ella, era una plancha oscura y leal. En algún lugar, el viento encontró su camino entre cables y placas y dejó salir, franco, un do. Eva no supo si era real o su memoria haciendo de las suyas. No importó. Cruzó la calle con cuidado, supo que mañana serían otras voces, otras manos, otras historias, y que FRP World seguiría allí, un lugar improbable, honesto, donde un montón de fibra de vidrio y resina había aprendido a ser también un templo sin pretensiones.

Al día siguiente, mientras abrían, apareció una mujer con un niño de la mano. “¿Se puede tocar?”, preguntó el niño señalando un cilindro. “Se puede tocar con cuidado”, dijo Eva. “Como si fuera algo que querés que te cuente un secreto.” El niño apoyó la palma y cerró los ojos con exageración. “No dice nada”, dijo al rato. “Preguntale bien”, sugirió Eva. El niño se rió y volvió a apoyar la mano. “Ahora sí”, dijo. “Me dijo un secreto.” La madre, avergonzada, le sonrió a Eva con complicidad: “Gracias”. Eva, sin chaleco puesto aún, sintió que lo que sostenía valía. Y supo, por la manera en que el aire le acariciaba la cara mientras las puertas se abrían, que la ciudad también le decía algo, una palabra vieja que a veces se nos olvida: milagro. Y que había que custodiarlo con paciencia, con bolsillos, con manos, con viento. Con personas. Con historias. Con el simple acto de volver a poner la palma sobre algo y decirle: contame.

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